Melisa no se inmutó. Sonrió.
—Desde mi punto de vista, soy tu doctora. Si a mí me pasa algo, tú no aguantas mucho. Que me estés vigilando… suena lógico, ¿no?
Dani le tomó la barbilla y se la levantó. La voz le salió grave.
—Aunque tuvieras un secreto, ¿no teníamos un acuerdo?
Se fue acercando y se detuvo justo antes de besarla. Contuvo el impulso, ladeó un poco la cabeza y le rozó la oreja con los labios, besándole el cabello.
—Sea lo que sea… yo te cubro.
A Melisa se le aceleró el corazón, como si se le fuera a salir del pecho. Por fin se le movió algo en la cara.
Dani le acarició la mejilla.
—Pero con una condición: no traiciones a tu país.
Era militar. Ese era su único límite. Mientras no cruzara esa línea, él la dejaría hacer lo que quisiera.
—Yo nomás soy una heredera floja y consentida —sonrió Melisa—. ¿Cuándo me voy a andar metiendo en algo así?
Dani no discutió, pero su mirada profunda y afilada dejaba claro que no se tragaba del todo su cuento.
Aun así, no la iba a presionar. Si la acorralaba para que confesara quién era en realidad, solo la iba a alejar.
Esa misma noche se corrió la voz de que Melisa estaba hospitalizada.
Sus tres hermanos, que andaban fuera por trabajo, y el abuelo Núñez llegaron al cuarto.
El mayor la miró con el alma en un hilo, viendo la herida en la pierna.
—Esto fue culpa mía por no preverlo. Voy a mandar más seguridad para cuidar a mi hermana.
El segundo, Orfeo, traía el gesto sombrío. Su tono, normalmente suave, solo se llenaba de enojo cuando a Melisa le pasaba algo.
—¿Y el tercero? ¿Por qué no llega? Esta vez tiene que ponerles un alto a esos cabrones. ¿Cómo que se atrevieron a dispararle a mi hermana? Ya se cansaron de vivir.
Mateo dijo:
—Nicanor se enteró anoche, ya tarde, y fue a ver a Dani. A esos tipos ya casi seguro los agarraron.
Apenas terminó de hablar, Nicanor entró. Grande, fuerte, con sangre todavía en los dedos y en el puño de la camisa; venía a las prisas.
—Agarramos a uno vivo. Ya cantó.
Al cruzar la mirada con su hermana, Nicanor escondió el brazo manchado detrás de la espalda y suavizó la voz.
—¿Cómo estás? ¿Ya te duele menos? Ya te vengué, ¿eh?
El abuelo Núñez se veía lleno de culpa.
—Todo por no pensarlo bien… Cuando te lastimaste debió doler horrible. Ya mandé traer a ese chamaco Durán para que venga a pedirte perdón.
Melisa recibió ese cariño con el pecho calientito.
—Estoy bien. Aquí me pusieron lo mejor, ya no me duele. Y esto no es tanto culpa de Ángel. Cualquiera se puede equivocar.


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