—Esta mesa se puso interesante.
Melisa apartó la mirada y se sentó en el lugar de Lucas.
Le indicó al mesero que la acompañaba que colocara sobre la mesa fichas por cien millones. Con los dedos, dio un par de golpecitos en el paño y, con una mirada clara y peligrosa, se fijó en Serpiente Plateada.
—Yo también quiero jugar.
En el casino, quienes hacían de crupieres parecían estrellas: guapos, llamativos. Pero aun así, junto a ella se veían opacados. Serpiente Plateada se le quedó viendo demasiado tiempo; hasta se acomodó el saco.
—Si la señorita quiere jugar, abrimos una mesa nueva y empezamos con poquito. Yo le enseño con calma. Si no, de golpe va a perder muchísimo… y va a terminar como el que tiene ahí a sus pies.
Le lanzó una mirada a sus hombres.
—¿Qué esperan? Sáquenlo. Y avísenle a su familia que pague. Si no cae el dinero… le cobramos con los brazos.
—¡No… no! —Lucas se puso a gritar, forcejeando— ¡Mis manos son para correr! ¡Suéltenme! ¡Todavía puedo ganar!
En ese momento, Melisa estiró la mano y lo sujetó del brazo.
—¿Para qué tanto show? Mejor empecemos con esta mano de cien millones… y vamos doblando. ¿Qué dices?
La sala se sacudió. Hubo risas, murmullos, comentarios por lo bajo.
—¿Está loca? ¿Cien millones y todavía quiere doblar?
—Con esa carita, seguro ni sabe leer las cartas.
—Otro caso de niña rica pendeja que viene a regalar dinero. A ver cuánto tarda en dejar en la ruina a su familia.
Un tipo de mediana edad, con camisa floreada y un puro en la boca, soltó con sorna:
—A ver, a ver… aquí no es para que vengas a jugar a la casita. El señor Serpiente Plateada el mes pasado se llevó trescientos millones en el Casino Da Rosito. Con tus cien millones ni cosquillas le haces.
Desde un rincón, una voz chillona remató:
—¡Ay, qué valiente! Al rato que se quede en ceros, a ver si no se pone a llorar.
Los hombres de Serpiente Plateada se carcajearon.
—Jefe, esta morra seguro viene por usted. Se ve que nomás vino a “invitarle”.



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