Las otras dos niñas intentaron rodear el carro para jalar a Teresa desde el otro lado, pero el chofer de adelante cerró el seguro de esa puerta y habló:
—Que Teresa vaya a estudiar a casa de los Soto es orden del señor Soto.
A Yori se le fue la sangre de la cara, pero al instante entendió: el chofer le reportaba directo a Dani. Si se enteraban de que otra vez estaba molestando a Teresa, se le iba a venir el mundo encima.
Yori volteó y le lanzó a Teresa una mirada asesina. Se agachó, se subió al carro y se acomodó, con una sonrisa torcida.
—Ah, con razón… yo entendí mal. Si es petición del señor Soto, claro que no tengo problema. Teresa, vámonos a estudiar.
Teresa, incómoda por el cambio tan rápido, se hizo un poco hacia un lado y miró por la ventana.
Yori se inclinó hacia su oído y le susurró con rencor:
—No sé qué le dijiste al señor Soto, pero si te atreves a quitarme a mi prometido, te juro que no la vas a contar.
Teresa no le contestó.
Llegaron otra vez a casa de los Soto. El doctor Villanueva ya estaba en el cuarto de Yori listo para darles clase, pero Teresa no entró; se dio la vuelta y caminó hacia otro lado.
Yori reaccionó rápido y la jaló.
—¿A dónde vas? La clase es en mi cuarto.
Teresa frunció el ceño y por fin soltó lo que traía:
—Por lo que alguna vez fuimos amigas, te lo digo: no te preocupes. A mí el señor Soto no me interesa. Sí, es muy guapo y capaz, pero no es alguien para una chavita como tú o como yo. Y además… tú sigues en la prepa y él ya pasó de los treinta. Aunque te guste, ni por edad hacen buena pareja.
Yori soltó una risa fría.
—Decirme eso es para que yo me rinda y tú te me metas por debajo, ¿no?
Teresa la miró, claramente fastidiada. Se zafó de su mano y, al ver al mayordomo acercarse, alzó la voz:
—Mayordomo, el señor Soto dijo que me iban a preparar un estudio para mí sola.
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