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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 241

Antonio también habló:

—Si es así, tampoco podemos obligarnos a robarle a alguien su patente. Mejor que el equipo actualizado quede a nombre de la empresa médica de Hugo, y el Ejército puede seguir usándolo.

El almirante frunció el ceño.

—¿Eso no es lo mismo que decir que el trabajo que la muchacha se aventó día y noche se lo vamos a regalar a Hugo, y ellos se quedan con todo el beneficio? ¿Te importa tanto la patente de Hugo que vas a sacrificar a la chica?

Antonio apretó la mandíbula.

—¿Y entonces cuál es la solución perfecta?

Hugo, sin tantita vergüenza, intervino:

—Mejor que Melisa se venga a trabajar a mi empresa como técnica. Así se acaba el problema.

—¿Tú qué opinas, Dani? —preguntó Iván.

Dani habló sin prisa, pero con una autoridad que no admitía discusión:

—La empresa de Hugo no merece que Melisa vaya a trabajar ahí.

Iván lo pensó un momento y dijo:

—Primero se estaba discutiendo el estado de salud de Dani. Si el equipo no tiene fallas, su condición cumple con el estándar y el hospital militar ya lo certificó, entonces el mando de la operación petrolera sigue siendo suyo. En cuanto al equipo médico…

Iván miró a Melisa.

—A ver, niña: si de verdad puedes desarrollar un nuevo equipo médico, ¿cómo piensas manejar el costo anual de las actualizaciones?

—Gratis —respondió Melisa.

—¿Gratis? —Iván se quedó sorprendido.

La mirada de Melisa recorrió a cada oficial presente. Su voz era fría, pero firme:

—Esto es para proteger al país y a los soldados. ¿Cómo voy a ser tan egoísta como para cobrar? Lo que yo quiero es que no vuelva a haber un solo soldado que pierda tiempo de tratamiento por un diagnóstico equivocado; lo que yo quiero es que los que viven de monopolizar tecnología ya no puedan usar la vida de los soldados como moneda de cambio.

Dentro de la cápsula médica se hizo un silencio total; solo sus palabras seguían resonando. Al comandante de la Marina se le notó la emoción en la mirada, y varios generales que habían estado en el frente enderezaron la espalda casi por reflejo.

Melisa añadió:

—Así que basta con cubrirlo una sola vez. De ahí en adelante, el mantenimiento y las actualizaciones correrán por mi cuenta, sin costo.

¿De verdad lo que ella necesitaba era dinero? En el instante en que cruzó miradas con esos soldados y oficiales visiblemente conmovidos, supo que lo que estaba ganando era una red de contactos más valiosa que cualquier cosa.

La comisura de los labios de Iván se levantó apenas.

—Eso de “soporte de por vida”… suena muy bien.

Luego volteó a ver a Hugo, y su expresión se volvió dura al instante.

—Entonces, mientras no salga la nueva generación del equipo, seguimos usando la versión anterior. ¿Alguna objeción?

—Hugo no te va a dejar en paz. En estos días, mejor evita salir.

—Claro que voy a salir. —Melisa destapó la botella, tomó un trago y miró por la ventana. El carro de Hugo estaba a un lado; acababa de arrancar. A la distancia se alcanzaba a ver que él también volteaba a verla.

—Necesito que cometa un error… para poder quitarlo del camino —dijo Melisa, con calma—. Si se muere de repente, los militares van a investigar por el tema del equipo y me va a caer a mí. Qué flojera.

Dani alzó una ceja. Ya sospechaba que ella tenía un pleito serio con Hugo, pero no esperaba que lo dijera tan directo.

Para Dani… eso era buena señal, ¿no? Ella ya no le ocultaba todo; por lo menos le decía —a su manera— qué pensaba hacer. Eso significaba que la distancia entre los dos se acortaba.

Con esa idea, la sonrisa en sus labios se marcó un poco más.

—¿Qué traes? ¿No vas a arrancar o qué? —Melisa le pasó la mano frente a la cara.

Dani volvió en sí, encendió el carro y habló con tono suave:

—Ya. Te voy a llevar a comer algo bueno. ¿Un guiso?

—Va.

Melisa bostezó con flojera. Entre “menta de montaña” y café, llevaba días casi sin dormir. En cuanto el carro avanzó parejo, ya no aguantó: con el atardecer cayendo, se quedó profundamente dormida.

Dani, al verla dormida, puso el celular en silencio. Hasta que el carro entró al estacionamiento subterráneo del centro comercial. Como Melisa no despertó, no la molestó: apagó el motor, se recargó en el asiento y se quedó descansando en silencio junto a ella, como si estuvieran durmiendo en la misma cama. El interior del carro estaba lleno de su aroma, y eso lo tranquilizaba.

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