—¿Quién dijo que voy a entrar a tu equipo?
Melisa soltó una risita fría.
—Ni te creas que eres mi hermano.
A Lucas se le congeló la cara. Hasta los del club se quedaron con la boca abierta.
—¿No vas a correr la carrera de relevos?
Cada año, Melisa nunca faltaba en las competencias del club de Lucas. Eso sí: jamás la invitaban a sus comidas previas ni a las de después.
Era una herramienta: la que le conseguía la gloria a Verónica y al club.
Lucas frunció el ceño y la regañó:
—No te pongas pesada. Correr con nosotros es un honor.
Melisa sonrió apenas.
—¿Honor? ¿Mi nombre aparece en la lista oficial de pilotos?
Lucas se molestó.
—¿Y eso qué? Los lugares son limitados; obvio el lugar es para Verónica. Tú sales de suplente, y ya con eso deberías estar agradecida.
Melisa soltó una carcajada breve, sin una pizca de alegría en los ojos. Alzó la cara y lo miró con frialdad, con asco.
—Lucas, cada año me avientas toda la carrera como “suplente”. El trofeo se lo queda Verónica, el premio también. ¿Dónde está mi “honor”?
—¡Porque Verónica es más segura! Por eso la dejo al final. ¡Y su talento no es menor que el tuyo! —Lucas se defendió de inmediato—. Además, estos años Verónica ha vivido como adoptada con los Serrano, ¿tú crees que no la pasó mal por tu culpa? ¡Cederle era lo mínimo que debías hacer!
Melisa se sacudió la mano, sin expresión.
—Si Verónica es tan fregona, que los lleve a ganar. Y a mí déjenme en paz. Si sigues molestando, te juro que no vuelves a tocar un volante.
Ella ya se había metido al club de Vicente. Esta vez quería que vieran qué pasaba cuando ella se volvía su rival… a ver cómo le hacían para ganarle.
Que una mujer lo tirara al suelo de una cachetada, frente a tanta gente, le hizo pedazos el orgullo a Lucas. Con su carácter explosivo, se levantó de golpe y fue directo a querer agarrarla del cuello de la sudadera.
El escándalo ya estaba llamando demasiado la atención. Seguridad del restaurante llegó y lo detuvo. Dante, que apenas se había ido, también regresó.
Lucas forcejeó; la marca roja de la cachetada se le veía clarísima y su cara se torció de furia.
—¡Melisa! ¡Esta es tu verdadera cara! ¡Así has tratado a Verónica todo este tiempo! ¡Pisoteando mi buena voluntad! ¡Hoy sí voy a hacer lo que me toca como “hermano” y te voy a poner en tu lugar…!

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