El mecánico, cagado del miedo y llorando a moco tendido por el dolor insoportable, tartamudeó: —La sala de control... está... está al frente, en la cubierta superior. Se sube por unas escaleras de metal. Hay tres personas adentro.
—Muy bien —dijo Melisa con una mirada impasible, y apretó el gatillo.
Un impacto sordo se escuchó, casi ahogado por el ruido de las máquinas. La cabeza del mecánico cayó hacia un lado, con un agujero limpio en medio de la frente.
Melisa regresó hacia los explosivos, levantó un par de cables con el dedo para revisarlos y alzó una ceja.
Esa bomba casera era igualita a la que habían puesto debajo del coche de Dani. Estaba instalada justo en el tanque de combustible; si explotaba, el barco entero se iría al fondo del mar en un abrir y cerrar de ojos.
Sin darle más vueltas, sacó unas pinzas de la caja de herramientas de los mecánicos, cortó el cable del detonador de tajo, desmontó el paquete explosivo y lo echó a una cubeta con agua que estaba ahí cerca para inutilizarlo.
Al salir de la bodega, se fijó en las tuberías de drenaje que corrían por los lados del pasillo y se detuvo de golpe. Rompió el cristal de emergencia, sacó un hacha de bombero y le dio un hachazo con todas sus fuerzas a la tubería.
Un chorro de agua salió a presión. Melisa tiró el hacha y siguió su camino sin mirar atrás.
El fallo en el drenaje se reportó de inmediato en el sistema de la sala de control.
El capitán le habló a su segundo al mando: —Se está metiendo agua en la bodega uno. Ve a checar.
El hombre asintió y salió de la cabina.
Melisa lo estaba esperando a medio camino. Se paró justo donde se cruzaba la luz y la oscuridad, y en el instante en que el marino pasó de largo dejándole la espalda descubierta, se le tiró encima en silencio. Le agarró la cabeza y la barbilla con ambas manos y le torció el cuello con fuerza. Atrapó el cuerpo antes de que cayera y lo arrastró hacia las sombras.
Después, subió por las escaleras de metal y siguió su camino hacia la sala de control.


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