«¿Desde cuándo una muerta de hambre venida de una granja asquerosa es digna de ser mi amiga? Ni de chiste me voy a poner del lado de la amiga de mi rival».
—Director, ya adjunté las pruebas en el correo que le mandé a la Secretaría, confío en que ellos sabrán qué hacer —Yori sonrió con cinismo—. Además, no hace falta que nadie diga nada para darse cuenta de lo que pasó, ¿o sí?
Ella misma había guardado fotos de aquella vez de la cena. El hecho de que Melisa llevara a Teresa a cenar con los maestros y el director era una prueba irrefutable.
Si no fuera por eso, con las calificaciones que siempre traía Teresa, ¿cómo diablos iba a entrar a la clase de élite?
Yori se clavó las uñas en las palmas de las manos y continuó:
—Las preguntas extra del examen las prepararon los maestros de la clase de élite, ¿verdad? Ni siquiera los mejores estudiantes suelen responderlas a la perfección, mucho menos alguien que siempre ha estado en los últimos lugares del salón.
Al escuchar eso, el director Miranda revisó el correo una vez más y frunció el ceño.
—¿Tus dichosas pruebas se basan únicamente en que invité a cenar a la señorita Serrano? ¿Y por eso asumes que los maestros le pasaron el examen? Te lo advierto, si haces una denuncia sin pruebas reales, la que se va a ir suspendida eres tú.
—¿Cómo va a ser una suposición sin bases? Se fueron a cenar en unas fechas muy delicadas —la sonrisa de Yori desapareció—. Es el colmo, cualquiera con tantito sentido común se daría cuenta, y además…
—¡Ya basta! —el jefe de control escolar no aguantó más. El asunto había llegado hasta la Secretaría, lo que provocó que a él fuera al primero que investigaran. Estaba a nada de perder su chamba y estaba que se lo llevaba el diablo.
Tratando de contenerse, le dijo en un tono serio y directo:
—Yori, cuando te transferiste desde tu pueblo siendo el primer lugar de tu escuela, pensé que además de buena estudiante, serías una persona íntegra. Pero ya vi que, aunque tienes capacidad, eres increíblemente envidiosa.
»Te lo voy a decir sin rodeos: este examen ni siquiera lo hicimos en nuestra escuela. Como esta prueba mensual era un simulacro del examen de admisión a la universidad, se siguió todo el protocolo oficial. Los profesores de la Universidad de Santa María redactaron el examen, lo sellaron y lo mandaron al Instituto Juan Pablo II el mismísimo día de la prueba. Ni siquiera nosotros los maestros conocíamos las preguntas antes de abrir los paquetes. Así que dime, ¿cómo diablos iba a hacer trampa Teresa? ¡Dime!


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