El sargento primero Andrés Peñalosa iba sentado en el coche y le ofreció un cigarro a Dani con insistencia.
Dani se recargó en la ventana, mirando los autobuses estacionados por el espejo retrovisor, y rechazó el cigarro.
—Vine a relajarme un rato, no fumo.
—Al final no estalló el conflicto petrolero, resultó ser un simple simulacro. Tanta alerta para nada, así que sí hace falta relajarse un rato. —Andrés guardó el cigarro y en su lugar le ofreció un dulce de leche con un envoltorio lindo—. Mi hija siempre me mete dulces en los bolsillos. Están buenísimos, pruebe uno.
Dani no lo rechazó; lo desenvolvió, se lo metió a la boca y preguntó casualmente:
—¿Y por qué le gusta meterte dulces en las bolsas?
Al pensar en su adorable hija, Andrés se rio.
—Porque quiere a su papá.
Dani levantó un poco la ceja y lo miró.
—¿Porque te quiere?
—Sí, siempre dice que me da sus dulces favoritos porque me quiere mucho —respondió Andrés. Cuando hablaba de su hija, se le iluminaban los ojos—. Es la niña de mis ojos.
De repente, a Dani se le vino a la mente que Melisa también le regalaba dulces a cada rato. Levantó la comisura de los labios, de muy buen humor.
—Sí, la verdad es que sí son un tesoro.
No tardaron en estar listos todos los autobuses para salir. Arriba, el ambiente era puro alboroto.
—¡¿Ya supieron?! ¡Resulta que el coronel también vino al campamento de la escuela! ¡Va en el primer coche de la fila!
—Cada año tenemos este campamento antes del examen de admisión a la universidad y siempre colaboramos con los militares, ¡pero nunca había venido alguien de ese nivel! ¿Pues qué pasó hoy?
—¿Pues por qué más va a ser? ¡La otra vez en el auditorio, él se llevó personalmente a Yori cuando se cayó del escenario! ¡Seguro vino por ella!
Los chismes de los estudiantes llegaron hasta el autobús de la clase de élite, que tenía las ventanas abiertas. Los alumnos miraban hacia afuera; Melisa también volteó a echar un vistazo y vio a Yori corriendo hacia el coche principal para entregarle una caja de bocadillos a alguien adentro.

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