Melisa soltó un ligero quejido. Por más que intentó aguantar, cuando la enfermera despegó la tela de la costra de sangre y reveló la herida profunda, con los bordes rojos e hinchados, el dolor fue tan agudo que la hizo palidecer y se le llenó la frente de sudor frío.
La sangre fresca volvió a brotar del desgarro, escurriéndose por su piel.
Dani estaba parado a un paso de la camilla.
Vio de primera mano la horripilante herida. No era un simple raspón; era un corte profundo que le partía la carne, causado por la fuerza bruta de las garras y el roce contra las piedras y ramas. Los bordes estaban amoratados, y casi se le veía el hueso. Una lesión así haría quejarse a cualquier hombre adulto, y ella llevaba aguantando todo ese tiempo haciendo como si nada.
Cada vez que la enfermera pasaba el algodón con desinfectante, el cuerpo de Melisa se tensaba de forma involuntaria y clavaba las uñas en sus palmas, dejándose marcas blancas en forma de media luna.
Esa imagen le atravesó el pecho a Dani.
La culpa que ya cargaba encima se le vino de golpe.
Melisa no se parecía a ninguna otra chica que él conociera. No le tenía miedo a lastimarse ni al dolor. Tampoco lloraba. Parecía inquebrantable, pero precisamente esa resistencia tan terca era lo que le estrujaba el pecho en ese momento.
Dani permaneció ahí, como una estatua, tan cerca pero a la vez tan lejos, sufriendo en silencio al verla pasar por ese infierno.
La enfermera por fin terminó de limpiar y empezó a vendarle el brazo.
Fue hasta entonces que Melisa aflojó los músculos y dejó salir un largo suspiro. Seguía pálida, pero el gesto de agonía en su rostro se suavizó bastante.
Giró un poco la cabeza y su mirada se cruzó con los profundos ojos de Dani, que parecían un torbellino de emociones a punto de arrastrarla.
Sintió un vuelco en el pecho.
—Dani... —dijo en voz baja.
El médico que la atendió, entendiendo la situación, salió en silencio y cerró la puerta para darles privacidad.
El hombre se acercó despacio, bajó la vista y le preguntó:
—En todos esos años con los Serrano... ¿cuánto daño tuviste que aguantar?
Melisa apretó los labios.
—¿Por qué sacas eso de repente?
—Aquí voy a estar cuidándote.
—Gracias. —Melisa asintió. Unos minutos después, se quedó completamente dormida.
La noticia de que Melisa estaba herida no tardó en llegar a oídos de los Núñez. Leopoldo adoraba tanto a su nieta que solía marcarle por teléfono muy seguido. Ese día, fue Dani quien le contestó, lo que asustó muchísimo al señor, que salió de inmediato desde la casa para ir al hospital esa misma noche.
—¡¿Dónde está mi nieta?! ¡¿Dónde está?! —llegó preguntando Leopoldo apresurado por el pasillo, con Orfeo y un par de escoltas detrás.
Dani, que estaba montando guardia afuera del cuarto, le impidió el paso y le dijo en voz baja:
—Está dormida. Por favor, no la despierte ahorita.
Al escuchar eso, Leopoldo guardó silencio de inmediato. Se asomó de puntillas por el cristal de la puerta para ver a Melisa a lo lejos. Al verla con el brazo y el tobillo vendados, y con raspones llenos de medicina en la piel, al anciano casi le da un infarto del coraje.
El hombre que normalmente era un abuelo compasivo, ahora le lanzaba a Dani una mirada que cortaba como cuchillo. Su tono de voz era el preámbulo de una explosión.
—No hagamos ruido aquí. Acompáñame, tenemos que hablar.

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