—Si a Melisa le importa Dani, si lo quiere, pero nosotros nos oponemos, seguro que nos va a dar la razón sin chistar y se va a guardar todo eso. ¿Cree que hacer eso no le va a hacer daño a la larga? —explicó Orfeo.
Orfeo era el único hermano que se ponía en los zapatos de Melisa, tratando de entender qué pasaba por su cabeza, sospechando que tal vez tenía algún problema emocional guardado.
La expresión de Leopoldo por fin cambió.
—¡¿Me estás diciendo que a mi niña le gusta ese tipo?! Puras tonterías. Ella misma dijo que todo esto era pura actuación.
—A lo mejor ni ella misma se da cuenta porque ni siquiera sabe qué es el amor —replicó Orfeo—. Pero lo que ha hecho por él va mucho más allá de lo que haría por cualquier extraño.
—Le ha invertido mucho tiempo y esfuerzo —continuó—. Le ha salvado el pellejo un montón de veces. ¿De verdad cree que es por dinero? Ya es heredera de la familia más rica; tiene más lana de la que podría gastar en la vida.
Las palabras de Orfeo cayeron como piedras en un lago tranquilo, agitando los pensamientos de Leopoldo. Su enojo empezó a cambiar por una genuina preocupación. Sus ojos no se despegaban de su nieto.
—¿Entonces me estás diciendo... —murmuró Leopoldo, con un ligero temblor en la voz— que sí siente algo por él, pero no lo nota? ¡¿Y yo la estoy obligando a separarse de él?! ¡Híjole, a lo mejor sí metí la pata! Pero es que el tal Dani de verdad es un imán de broncas. ¡No va a poder protegerla!
—Yo no estoy tan seguro de que sea Dani el que tiene que cuidarla. Con todo lo que ha pasado, más bien parece que es Melisa quien siempre lo anda sacando del hoyo. —Orfeo dejó escapar un suspiro.
Lo pensó un poco más y agregó:
—El otro día, cuando nuestro hermano menor casi no la cuenta en aquel lío con los mafiosos, me dijo que sospechaba que había sido Melisa quien lo salvó. Él puede ser muy impulsivo, pero no tiene ni un pelo de tonto; si lo dice, es por algo. Él cree que Melisa esconde otra identidad, y que no es ni de broma tan indefensa como cree.
Leopoldo se quedó en silencio.
—El punto es que las cuestiones del corazón no se arreglan nada más dando órdenes —continuó Orfeo en voz baja—. Y, la verdad, se pasó de la raya hace rato. Le dio a Dani donde más le duele. Sabía perfectamente de dónde viene y todo lo que ha pasado con su familia, y aún así le dijo que atraía la desgracia.
Leopoldo no supo qué contestar.
Pocos sabían que la infancia del famoso coronel Dani no había sido fácil, sino bastante oscura. Orfeo, sin embargo, conocía su pasado; de otra forma, el viejo Vasco no consentiría tanto a su nieto.
Ya habiendo dejado las cosas claras, Orfeo cerró la puerta y le ordenó al chofer que llevara al anciano de regreso a casa.
Cuando Orfeo volvió al pasillo del hospital con los escoltas, Dani seguía parado en el mismo lugar, en silencio, como si esas duras palabras lo hubieran clavado al suelo. Su figura imponente proyectaba una sombra espesa bajo la luz pálida del corredor.
Al sentir la mirada de Orfeo, Dani levantó la vista hacia él y luego dio media vuelta para caminar hacia la puerta del cuarto.
Orfeo suspiró internamente y le dijo a uno de los guardias:


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