Sofía fue muy prudente y se hizo a un lado, lo que le permitió a la mamá de Patricia ver de cerca, y por fin, el rostro de la heredera de los Núñez.
—Señorita Núñez, su gente...
La mamá de Patricia se quedó a media frase. La expresión de urgencia en su rostro se congeló y, de inmediato, se desmoronó por completo.
—¿Me... Melisa?
La cara de la mamá de Patricia, que hacía unos segundos estaba roja de coraje y desesperación, se volvió de golpe completamente pálida. Sus ojos estaban tan abiertos que parecía que se le iban a salir de las órbitas, clavados en Melisa, quien estaba sentada en el lugar de honor, bañada por luces brillantes y rodeada por los hombres de negocios más importantes.
¡Esa misma Melisa a la que había señalado con el dedo en el hospital, llamándola "asesina" e "indigna de ser maestra", a la que amenazó con llamar a la policía para meterla a la cárcel!
¿Qué no Melisa venía de una familia clasemediera con un poco de dinero?
¡Nada de esto cuadraba con lo que Yori le había contado!
Los otros padres que se habían acercado también se quedaron pasmados al reconocer a Melisa.
—Señora —dijo Melisa después de dar un sorbo al té que Sofía le había servido. Su voz no fue alta, pero sí lo bastante firme para imponerse en el silencio del salón—. Hace un momento dijo que la lista estaba equivocada, ¿cierto?
Entre el grupo de padres que acababa de llegar, alguien preguntó con la voz temblorosa y llena de incredulidad:
—¿Tú... tú cómo vas a ser la heredera de los Núñez?
Melisa dejó la taza, dio unos golpecitos sobre un documento que tenía enfrente y esbozó una leve sonrisa.
—¿Qué no se los dije ya? ¿Quién fue el que no me creyó?
Ella misma había borrado sus nombres de la lista de licitación para Plaza del Roble delante de todos, pero en ese momento ninguno le creyó; prefirieron confiar ciegamente en las promesas de Yori.
—¡Esto es un asunto personal! ¡Yo ni siquiera te reclamé por lo que le pasó a mi hija! ¿¡Cómo te atreves a vengarte de nosotros!? —chilló la mamá de Patricia con voz estridente—. ¿¡Acaso quieres que todos se enteren de tus cochinadas!?
Alguien a su lado intervino de inmediato, en un tono sumamente arrastrado:
—¡Sí, señorita Serrano! ¡Hagamos las paces aquí mismo! ¡Olvidemos el asunto! Todo fue culpa nuestra, pero, por favor, no nos quite nuestra fuente de ingresos, no nos arruine la vida.
El escándalo de aquellas familias ya había atraído las miradas de casi todo el salón.
Melisa sonrió suavemente.
—Yo no me estoy vengando. El veto no es solo por ese asuntito.
—¿¡Entonces por qué más!? —exclamó la mamá de Patricia.

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