—Melisa... —Leopoldo guardó silencio un momento, tamborileando los dedos sobre el sobre—. Tienes que pensarlo muy bien. Grupo NovaTec lleva casi veinte años bajo el control de Gaspar. Ya no es la misma empresa de antes; toda la mesa directiva es su gente. Si quieres recuperarla, te van a poner muchísimas trabas. No es nada más firmar un papel y ya, va a ser una guerra campal.
—Lo que es mi responsabilidad, lo asumo. Y lo que es mío, me lo quedo. ¿Y qué si hay que romper algunas cabezas en el proceso? Los Núñez no nos asustamos con cualquier vientecito.
Melisa hablaba con una calma absoluta, pero con una seguridad que no dejaba lugar a dudas.
—¡Así se habla! ¡La sangre de esta familia no se anda con rodeos! —Leopoldo le dio un manotazo al escritorio, con los ojos brillando de orgullo—. ¡Tienes detrás a toda la familia Núñez, a tu abuelo y a tus hermanos! ¡Aunque todo salga mal, nosotros te respaldamos! ¡Tú haz lo que tengas que hacer, muchacha! ¡Enséñales quién manda!
En el círculo de las familias adineradas ya se rumoraba sobre el regreso de la heredera, aunque la mayoría la veía de menos.
Los que solo la conocían de oídas creían que era una rancherita que venía a exprimir a la familia.
En cambio, quienes la conocían en verdad, la veían casi como una deidad.
La diferencia de opiniones era abismal.
Melisa sintió una calidez en el pecho al ver el apoyo incondicional del anciano.
Tomó la invitación, pasó el dedo por su nombre y sonrió con una sutileza peligrosa.
—No te preocupes, abuelo. Claro que voy a ir a esa fiesta.
Esa noche, la nueva mansión de Gaspar estaba a reventar de invitados.
Los inmensos candelabros bañaban la sala principal con una luz deslumbrante.
Había música clásica de fondo y las copas no dejaban de chocar.
Aparte de los amigos cercanos de la pareja, la mayoría de los asistentes eran altos mandos de Grupo NovaTec y socios comerciales.
El ambiente olía a adulación, hipocresía y a la eterna búsqueda de dinero y estatus.
Gaspar, enfundado en un traje a la medida y con una copa de champaña en mano, recibía las felicitaciones con una sonrisa de oreja a oreja, sintiéndose el rey del mundo.
Camila, luciendo un vestido finísimo, platicaba con las señoras de sociedad con total soltura.
En un rincón, Claudia trataba de mantener la frente en alto para no perder el porte, pero no podía disimular la inseguridad en su mirada.
Melisa la había dejado por los suelos anteriormente, y los chismes en su contra no habían parado.

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