Todos se quedaron viendo cómo Melisa se limpiaba tranquilamente con la servilleta.
—Prima, ¿no te gustó la comida? —preguntó Claudia, fingiendo preocupación pero destilando veneno.
De inmediato, uno de los directivos soltó una risita burlona, con un tono lo bastante alto para que se escuchara en toda la mesa:
—Híjole, ni modales tiene. Azotar los cubiertos así... qué falta de educación.
Fue una pulla directa contra su origen.
Pero Melisa ni se inmutó al dejar la servilleta sobre la mesa.
No se veía ni apenada ni asustada.
Su rostro mostraba una frialdad absoluta.
Su mirada pasó por el ejecutivo bocón y se clavó directo en Gaspar, que ya empezaba a ponerse tenso.
Su voz sonó clara y cortante, rompiendo toda la hipocresía del lugar:
—¿Acaso me equivoco en algo?
Melisa ladeó un poco la cabeza, con una mirada penetrante:
—Gaspar, usted siempre ha sido el director interino, no el representante legal. O sea, usted es un simple empleado, un gerente al que Grupo NovaTec le paga un sueldo por hacer su chamba. La única dueña legal de todo esto soy yo, Melisa.
Hizo una pausa, paseando la mirada por los ejecutivos, a quienes ya se les había borrado la sonrisa.
Cada palabra cayó como balde de agua fría:
—Por lo que acabo de escuchar, me da la impresión de que los empleados ya se sintieron los dueños. ¿Acaso ya se les olvidó cuál es su lugar?
La frase pegó cien veces más fuerte que el ruido de los cubiertos.
El ambiente en la mesa principal se volvió hielo puro.
Hubo un silencio sepulcral.
Los directivos que hace un segundo se sentían intocables, ahora estaban pálidos.
A Rodrigo se le quedó la copa congelada a medio camino, la sonrisa de Ricardo se borró por completo y el vicepresidente tenía los ojos pelones, abriendo la boca como pescado fuera del agua.

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