Todos se quedaron viendo cómo Melisa se limpiaba tranquilamente con la servilleta.
—Prima, ¿no te gustó la comida? —preguntó Claudia, fingiendo preocupación pero destilando veneno.
De inmediato, uno de los directivos soltó una risita burlona, con un tono lo bastante alto para que se escuchara en toda la mesa:
—Híjole, ni modales tiene. Azotar los cubiertos así... qué falta de educación.
Fue una pulla directa contra su origen.
Pero Melisa ni se inmutó al dejar la servilleta sobre la mesa.
No se veía ni apenada ni asustada.
Su rostro mostraba una frialdad absoluta.
Su mirada pasó por el ejecutivo bocón y se clavó directo en Gaspar, que ya empezaba a ponerse tenso.
Su voz sonó clara y cortante, rompiendo toda la hipocresía del lugar:
—¿Acaso me equivoco en algo?
Melisa ladeó un poco la cabeza, con una mirada penetrante:
—Gaspar, usted siempre ha sido el director interino, no el representante legal. O sea, usted es un simple empleado, un gerente al que Grupo NovaTec le paga un sueldo por hacer su chamba. La única dueña legal de todo esto soy yo, Melisa.
Hizo una pausa, paseando la mirada por los ejecutivos, a quienes ya se les había borrado la sonrisa.
Cada palabra cayó como balde de agua fría:
—Por lo que acabo de escuchar, me da la impresión de que los empleados ya se sintieron los dueños. ¿Acaso ya se les olvidó cuál es su lugar?
La frase pegó cien veces más fuerte que el ruido de los cubiertos.
El ambiente en la mesa principal se volvió hielo puro.
Hubo un silencio sepulcral.
Los directivos que hace un segundo se sentían intocables, ahora estaban pálidos.
A Rodrigo se le quedó la copa congelada a medio camino, la sonrisa de Ricardo se borró por completo y el vicepresidente tenía los ojos pelones, abriendo la boca como pescado fuera del agua.
—¡Tú! —Camila sintió un coraje entripado. Ya sabía lo pesada que era la muchacha para contestar, pero como era la heredera de la familia, ¡no podía pararse a darle una cachetada!
—¡Melisa! —Gaspar casi gruñó su nombre, con la voz ronca de tanto aguantar el coraje—. ¡Qué estupideces estás diciendo! ¡Eres una niña y no sabes lo que dices, por eso te la paso! Pero Grupo NovaTec...
—¿Niña? —lo interrumpió Melisa, con una mirada que cortaba como cuchillo—. Los que no entienden son ustedes. Viven del negocio de mis papás, se sienten los reyes del mundo y todavía tienen el descaro de pensar que con un par de halagos y su supuesta «experiencia» voy a cederles mi lugar.
La verdad es que a ella ni le importaba el dinero; con sus negocios de armamento y farmacéutica le sobraba.
Pero como estos dos tenían las manos sucias en la muerte de sus papás y en su secuestro, no los iba a dejar en paz por nada del mundo.
Melisa se puso de pie, mirando desde arriba a Gaspar y a sus directivos asustados, hablando con una autoridad indiscutible:
—Lo voy a repetir una sola vez. El pasado, el presente y el futuro de Grupo NovaTec me pertenecen solo a mí. Un interino es solo un interino. Ubíquense. Y sobre si tengo o no la capacidad de manejarlo...
Dirigió la mirada a José y los demás, soltando una risa burlona:
—Si ustedes ni siquiera entienden cómo funciona la ley ni de quién es la empresa, ¿con qué cara me vienen a decir si soy capaz o no?
—¡Óyeme bien! —uno de los ejecutivos se levantó de golpe, temblando del coraje y señalándola con el dedo—. ¡Escuincla! ¡¿Tú qué vas a saber de negocios?! ¡¿Dejarte Grupo NovaTec?! ¡En tres meses la quiebras! ¡Tú qué te crees para venir a...

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