Melisa se subió al coche de Dani sin dudarlo.
Esta eliminatoria del circuito mundial se iba a correr en la carretera de montaña más famosa de Santa María. Como había una diferencia enorme de altitud entre la base y la cima, con un montón de curvas, la dificultad se disparaba.
El helicóptero dio una vuelta alrededor de la montaña y, en lo alto, empezó a caer una llovizna.
Dani dijo, tranquilo:
—Hasta donde sé, esta pista no se usa desde hace casi cinco años. La diferencia de temperatura por la altitud es brutal; exige mucho del coche y del piloto… y también es la pista con más accidentes.
—Mira nada más, sí le sabes —respondió Melisa, recargada con flojera en el asiento, sin la menor señal de nervios.
—¿Y tú sí la armas? —Dani la miró, con la voz grave—. En todas las finales de campeones de años anteriores, nunca te había visto correr. ¿Es tu primera vez en una carrera así?
—Digamos que es mi primera vez “oficial” —Melisa sonrió apenas; en la oscuridad, sus ojos brillaban con ganas de ganar—. Pero de experiencia… nadie me gana.
La chava no se veía grande, pero la seguridad y la presencia que traía encima hacían que uno le creyera.
El helicóptero aterrizó en la base. Ahí no llovía. En la pista ya había un montón de coches de competencia y gente viendo.
Melisa bajó de un salto. Iba a darle las gracias, pero notó en el rostro de Dani —medio escondido por la sombra— un destello de emoción contenida.
De pronto alzó la vista al cielo, abrió su mochila y sacó un dulce. Le arrancó el empaque sencillo y, parada junto a la puerta del helicóptero, le hizo una seña a Dani.
—Agáchate.
Él no entendió, se quedó quieto unos segundos y luego se inclinó hacia afuera.
—¿Qué?
Apenas terminó de preguntar cuando el dulce ya estaba en sus labios. La yema suave de los dedos de Melisa rozó su boca y le provocó una sensación rara.
—¡Coronel! ¡No puede comer cualquier cosa! —Renato, el soldado encargado de su seguridad, se acercó de inmediato para detenerla.
Melisa, sin dudar, le abrió un poco la boca con los dedos y le metió el dulce. Le quedó humedad en la yema de los dedos; se limpió en la ropa como si nada.
—Es una pastilla de menta que preparé yo. Con el tratamiento todavía andas sensible a los cambios de presión del helicóptero; esto te va a caer bien.
No sabía a medicina; tenía un aroma fresco a menta. El pecho de Dani, que se le había sentido pesado y incómodo, se le alivió rápido.
Él le hizo una seña a Renato para que se calmara y suavizó un poco la mirada.
—Sí sirve.
Melisa sonrió.
—Bueno, ya me voy.
Dani la vio alejarse. Se tocó los labios con los dedos y soltó una risa baja.
—Qué interesante.
Un cambio tan mínimo en su cuerpo… y aun así esa chava lo había notado.
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