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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 442

—Señorita Melisa, ¿qué mosca le picó ahora? —le reclamó un invitado cercano a Salvador, sin disimular su molestia—. ¡Estas son las medicinas del "Médico Milagro", muestre un poco de respeto! ¿Cómo se atreve a cuestionar un remedio que al maestro le costó tanto trabajo crear?

Salvador enfureció de inmediato y le gritó: —¡Melisa! ¡Este no es lugar para tus berrinches! ¡Regrésale el amuleto a Dani! ¡Los Soto no te vamos a hacer nada solo por respeto a tu abuelo!

Jéssica vio la oportunidad perfecta para desahogarse y soltó todo su veneno: —¡Exacto! ¡No has hecho más que meterte con nuestro Matías, y ahora hasta quieres impedir que curen a Dani! ¿Qué demonios pretendes? ¿Acaso no soportas ver que a la familia Soto le pase algo bueno?

Luna se cruzó de brazos y añadió con sarcasmo en su español chapurreado: —Hay gente sin talento que solo sabe morirse de envidia. Maestro, por favor, no pierda su tiempo con alguien tan ignorante.

A pesar de los reclamos que llovían sobre ella, Melisa actuó como si nada. Simplemente sostuvo el amuleto, se abrió paso entre la gente y caminó con toda la calma del mundo hacia el supuesto médico, quien hasta ese momento ni siquiera se había dignado a mirarla a la cara.

—¿"Médico Milagro"? —repitió ella, saboreando las palabras con ironía—. Isidoro Montalván, cuánto tiempo sin vernos. Veo que te has hecho famoso en el extranjero. ¿Ahora te robas el título de cualquiera?

El nombre "Isidoro Montalván" cayó como un rayo sobre la cabeza del farsante. Su actitud altanera se hizo polvo en un segundo, y volteó la cabeza de golpe hacia la voz. Cuando vio a la chica que estaba parada frente a él, mirándolo con una sonrisa a medias, sintió que el alma se le caía a los pies. Toda su facha de sabio inalcanzable se derrumbó, dejando a la vista un terror absoluto.

¡¿Qué diablos hacía ella aquí?!

—Tú... ¿quién eres? —tartamudeó Isidoro con la voz aguda y temblorosa. Se puso pálido como el papel, y gotas de sudor frío del tamaño de canicas le empezaron a escurrir por la frente, empapando su barba tan cuidadosamente arreglada.

Melisa dio un paso más hacia él, sin borrar esa sonrisa burlona: —¿Ya no me reconoces? ¿Acaso no nos vimos en la arena de combate?

Con solo ese paso al frente, el hombre empezó a temblar de pies a cabeza, retrocedió a tropezones y por poco se va de espaldas contra el suelo.

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