Sin esperar la respuesta de Dani, Vasco dio media vuelta y se marchó. Salvador y los demás lo siguieron de inmediato. Solo Jéssica se quedó dudando un momento antes de acercar su paraguas sobre la cabeza del hombre.
—Hijo... la lluvia está muy fuerte. Te acompaño a tu tienda, lo importante ahora son tus heridas —dijo con nerviosismo.
Esa muestra de preocupación repentina le resultó tan ajena a Dani que no supo cómo reaccionar. Con el rostro endurecido, se apartó del paraguas.
—No es necesario, gracias.
Ver cómo se alejaba bajo la tormenta, apoyado en otras personas, hizo que Jéssica se mordiera el labio con frustración.
Como Dani solo tenía heridas superficiales y ya había otros paramédicos atendiéndolo, Melisa le dio prioridad a revisar a su hermano y a los demás miembros del equipo que se habían internado en las montañas y estaban intoxicados.
Renato le entregó a Melisa las muestras que habían recolectado en la mina.
—Esto es todo lo que pudimos traer. La avalancha nos cayó encima demasiado rápido. En la huida, perdimos algunas muestras, no sé si eso sea un problema.
Melisa tomó las muestras.
—No te preocupes. Déjamelo a mí.
Renato asintió.
—Si necesitas algo, avísales a los de afuera. Iré a darle el reporte al coronel.
Melisa se puso el cubrebocas y los guantes, y revisó rápidamente a todos los intoxicados. Su ceño se fruncía cada vez más.
Primero revisó a Mateo, quien parecía estar en la peor condición. Evaluó su sangre, el estado de sus órganos y las reacciones en su piel, para luego intentar encontrar una toxina equivalente entre las muestras recolectadas. Sin embargo, tras varios intentos, no logró formular un antídoto adecuado.
Había otros dos hombres exactamente en la misma situación que Mateo.
Melisa analizó una por una las muestras que Dani y los suyos arriesgaron la vida para traer, pero ninguna coincidía con el veneno que afectaba a esos tres.
En cambio, los otros cinco hombres, aunque presentaban síntomas graves, sí tenían toxinas que coincidían con las muestras de Dani, y estaban dentro del rango de acción de los antídotos que ella llevaba consigo.
Sin más remedio, se puso a preparar el antídoto para esos cinco y se lo entregó a los paramédicos para que se los inyectaran.
En menos de una hora, los paramédicos que monitoreaban a los pacientes trajeron buenas noticias: los cinco hombres se estabilizaron tras la inyección. Sin embargo, cuando aplicaron el mismo antídoto a Mateo y a los otros dos, no solo no hizo efecto, sino que la interacción con las múltiples toxinas provocó que sus órganos comenzaran a fallar.
—El veneno que tiene Mateo no está entre estas muestras —comentó uno de los paramédicos, frunciendo el ceño tras darse cuenta del problema—. Si los órganos entran en falla total, ni un milagro podrá salvarlos.
Melisa bajó la mirada hacia los complicados datos médicos.

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