A Nicanor le saltó la vena de la frente. Apretó la mandíbula y, mascullando de rabia, escupió su nombre:
—¡Te-re-sa!
Pero la causante del desastre parecía haber completado la hazaña de su vida.
Tras vomitar, se sintió de maravilla. Levantó la mirada con los ojos medio cerrados y hasta se limpió la boca con la manga de la camisa, sin tener ni idea de la que acababa de armar.
Al verle la cara de demonio a Nicanor, a Teresa no le dio ni una pizca de vergüenza.
—Ay, gracias. En el baño no podía vomitar con nada, pero ahorita ya me siento muchísimo mejor.
Melisa, que justo iba llegando a buscarla, presenció toda la escena y no aguantó la risa.
Nicanor le echó una mirada fulminante, pero al ver que era su hermana, puso cara de indignación.
—Tu amiguita me agarró de bote de basura y tú todavía te ríes.
—Apenas es una niña, no seas tan duro con ella —dijo Melisa, aguantándose las carcajadas—. Dejaré que alguien la lleve de regreso al hotel.
—Olvídalo, yo la llevo. De todos modos, tengo que ir a cambiarme esta porquería.
—Nicanor, con el ceño súper fruncido, se quitó el saco sucio, se lo colgó en un brazo y, con el otro, cargó a Teresa en vilo para llevársela.
Melisa lo vio y no pudo evitar advertirle:
—Oye, recuerda que ella es de mi equipo.
Nicanor se detuvo en seco.
—Ya lo sé.

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