Ante la mirada esperanzada de Julio, Claudia respiró hondo, como si estuviera tomando la decisión más difícil de su vida, y señaló a Sebastián:
—Voy a salvar a Sebastián.
Fueron unas cuantas palabras, pronunciadas con una frialdad y una claridad aplastantes. Sin la más mínima duda.
Julio sintió que el cerebro le explotaba. Abrió los ojos de par en par, mirándola fijamente, tratando de encontrar alguna señal de que todo era una broma de mal gusto o de que lo estaba diciendo obligada.
Pero no había nada. Solo la expresión decidida de alguien que acababa de quitarse un peso de encima.
—¿Por qué? —Su voz sonó rasposa, su rostro era una mezcla de confusión y agonía—. ¿Claudia... lo estás escogiendo a él? ¿Me estás cambiando a mí por un extranjero que acabas de conocer?
La traición era tan absurda y brutal que lo hizo temblar de pies a cabeza. No pudo evitar alzar la voz: —¡¿Tienes idea de todo lo que sacrifiqué por ti?!
¡Sus padres, su estatus, absolutamente todo!
¡Y todo por lo mucho que la amaba! ¡La había amado por años!
Claudia apartó la mirada de esos ojos llenos de desesperación, se mordió el labio y soltó un pretexto barato: —Perdóname, Julio. Sebastián no tiene la culpa de estar aquí, yo lo arrastré a esto. Además, tus papás son muy crueles. Aunque te salvara, ¿de qué íbamos a vivir? Ninguno de los dos sabe hacer nada. En cambio, Sebastián me puede llevar con él, me puede dar un buen futuro...
—¡¿Un buen futuro?! —Julio al fin entendió la indirecta. La interrumpió a gritos, con la voz deformada por la rabia y el dolor—. ¡O sea que a ti nunca te importé yo! ¡Lo único que querías era la lana de mi familia! ¡Y como ya no tengo ni un peso, corriste a buscarte a tu nuevo cajero automático! ¡Nada más me estuviste usando! ¡Mis amigos tenían razón, eres una maldita interesada, una basura de persona! ¡Estaba ciego!
Todo el amor ciego que había sentido por ella se convirtió de golpe en un rencor feroz.
Que la llamara basura también le encendió la sangre a Claudia, quien le escupió de vuelta: —¿Y a poco crees que vales la pena? No tienes la madurez de un hombre de verdad ni sabes resolver tus propios problemas. Lo único que te hacía atractivo era el dinero de tus papás. ¡Quítate el apellido y no eres nada, Julio! ¡Eres un payaso inútil que solo sabe hacer berrinches!
Melisa, la verdadera autora de la trampa, observaba toda esa escena de reproches a la distancia. Ese desenlace era exactamente lo que había pronosticado.
El jefe de los matones, ya aburrido de la telenovela, les soltó un grito: —¡Ya cierren el pico! ¡Suelten la lana!

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