—Dicen por ahí que el Grupo NovaTec es la herencia de sus padres, así que tiene todo el derecho de recuperarlo —explicó Bernal—. Además, mírala ahora. No solo es una doctora de prestigio y la heredera de una de las mayores fortunas, sino que además cuenta con el respaldo del líder de la familia Soto. No nos conviene meternos con ella por ningún lado.
Bernal bajó la voz y añadió:
—Y, para rematar, ya nos equivocamos demasiado en el pasado. ¿Cuándo se ha equivocado Melisa? Nos ha demostrado una y otra vez que siempre tiene la razón.
La familia entera se quedó callada.
La señora Serrano se mordió el labio.
—Me encantaría que volviera a ser mi hija.
Homero guardó silencio un momento.
—A mí también.
***
En el Cielo Gourmet.
Gaspar había organizado una cena privada con Gabriel. Solo lo acompañaban su esposa y su hija.
A Claudia la habían llevado casi a rastras hasta la entrada del restaurante, pero se negaba por completo a entrar. Camila, furiosa, la jaló del brazo.
—¡Escúchame bien! De esto depende el futuro de nuestra familia. Te he dado mil oportunidades de agarrar a un buen partido y no das una. Esta vez no te vas a salir con la tuya, yo mando aquí.
Claudia forcejeó desesperadamente, intentando razonar con ella:
—¡Mamá! ¡Ya te lo dije! ¡Sebastián y yo nos vamos a casar! ¡No tarda en venir por mí! ¡Es uno de los mejores cirujanos plásticos del mundo, tiene muchísimo más dinero que ese viejo decrépito!
—¡Llevas días con el mismo cuento! ¿Y dónde está? ¿Ahora también te vas a poner a inventar mentiras? —Camila no le creyó ni media palabra. En medio del jaloneo, el coche de Melisa se estacionó justo en la entrada.
Melisa solo iba a cenar, pero Claudia la vio y le gritó:
—¡Melisa! ¡Dile a mi mamá! ¡Tú estuviste en el yate, tú lo viste! ¡Dile que Sebastián, el millonario, anda conmigo! ¡Te lo suplico, ayúdame a convencerla!
Melisa ni siquiera le prestó atención y siguió caminando, pero Claudia la agarró del abrigo.
—¡Melisa! ¡Por favor, solo explícale! En cuanto me vaya del país y me case con él, borrón y cuenta nueva entre nosotras. Te juro que si alguna vez te vas a la quiebra, te ayudo...
Al oír eso, Melisa soltó una risa incrédula y se detuvo. Miró a Claudia directo a los ojos.
—Definitivamente, estás podrida por dentro.
Claudia se quedó pasmada un segundo, pero luego se enfureció.
—¡Ah! ¡Ahora que estás en la cima te crees mejor que yo! ¡Pero ya verás cuando necesites de mí! ¡Nadie sabe para quién trabaja!
Los guardaespaldas de Melisa no toleraron la falta de respeto, le quitaron las manos de encima y escoltaron a la joven al interior del restaurante.
Camila, que estaba siendo observada por todo el mundo en la entrada —incluyendo a un par de conocidas suyas de la alta sociedad— se moría de la vergüenza. Le susurró a su hija con voz amenazante:

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