—Seguro huele a carne fresca y se adelantó —soltó una carcajada el hombre de al lado, menospreciando al león.
Confiaban ciegamente en el sistema de seguridad de la casa.
Vera alzó su copa de vino y carraspeó un par de veces para llamar la atención.
Cuando todos voltearon a verla, dejó la copa en la charola de un mesero, se acomodó el cuello de la camisa y adoptó una expresión de compasión y firmeza, como un político en pleno mitin:
—Amigos —su voz se volvió alta y dramática—, debemos crear conciencia de que cada animal salvaje es un tesoro de la naturaleza. Cuando veo a esos pobres rinocerontes masacrados por sus cuernos, o a los elefantes caer por su marfil...
De pronto fingió que se le quebraba la voz, haciendo una pausa calculada mientras se le enrojecían los ojos.
Los niños ricos a su alrededor empezaron a reír entre dientes y a aplaudirle.
Vera se metió más en el papel y abrió los brazos:
—¡Nuestra misión no es matar, es proteger! Debemos asegurarnos de que las futuras generaciones aún puedan ver...
¡Pum!
Las puertas principales se abrieron de golpe.
Un joven empapado en sangre entró cargando a una niña.
Su mirada de pánico asustó a todos los presentes.
En cuanto lo vieron dejar a la niña en el suelo, el ambiente festivo se apagó de inmediato.
—¡¿Qué hace una niña aquí?! —Vera se levantó de un salto, perpleja, y caminó hacia ellos.
Teófilo se miraba las manos ensangrentadas, sin saber qué hacer.
—¡Se los juro que no sabía! Solo vi al león y disparé. ¡Maldita sea, ni siquiera sé de dónde salió! ¡Estamos en el centro de la reserva! ¡¿Quién iba a imaginarse que aparecería una niña de la nada?!
Una doctora presente tomó el botiquín de primeros auxilios de la casa y se acercó a revisarla.
—Ha perdido mucha sangre. Le voy a hacer un torniquete. Si la llevamos al hospital ahora, todavía la libra.
—Un momento. ¿No será ella la dueña del león? —comentó uno de los invitados que conocía la historia—. Mis empleados me contaron que al león lo encontraron en una granja y que fue criado por una niña. Lo trajeron esta mañana. ¿A poco se coló en el camión de transporte?
Alguien llamó de inmediato a Mende, el chofer.
Al contestar, el hombre sintió que se le helaba la sangre.
—Hace rato vino el padre a buscar a su hija en la entrada, pero no lo dejé pasar... ¡Seguro sí es su hija! ¡¿Sigue viva?!
—Está muy mal, tiene que ir a un hospital ya —gritó la doctora que atendía a Aria—. ¡Ayúdenme a subirla a la camioneta!

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