—No, la red eléctrica es un sistema independiente, solo se fue la luz en la casa. Voy a prender el generador de emergencia.
En medio de la oscuridad, Vera alzó la voz: —¡No entren en pánico! Tenemos velas, ¡préndanlas primero!
Pronto, unas cuantas luces cálidas parpadearon en la sala. Teófilo soltó un grito de asombro: —¡¿Y la niña?!
Todas las miradas se clavaron en el lugar donde habían dejado a Aria.
Sobre las baldosas grises solo quedaba un charco de sangre oscura. La pequeña, que estaba al borde de la muerte, había desaparecido en sus narices.
A todos se les puso la piel de gallina.
—¡¿Quién?! ¡¿Quién se la llevó?!
—¡¿Quién está jugando bromas pesadas ahorita?!
Empezaron a desconfiar unos de otros. El más alterado era Teófilo; al fin y al cabo, él le había disparado. ¡En su país, matar a un niño era castigado con pena de muerte!
Teófilo perdió el control de repente y agarró a un hombre por la solapa.: —¡Fuiste tú, Jorge! Últimamente andamos peleando por el mismo proyecto ferroviario. ¡Seguro me quieres meter el pie para sacarme del camino!
Jorge se zafó de inmediato: —¡Qué te pasa, cabrón! ¡Claro que no fui yo! Yo también estoy aquí, ¿a poco crees que si esto sale a la luz no me va a afectar? ¡Yo también soy tu cómplice, chingado!
Jennifer, que se había mantenido en silencio, habló de pronto: —El botiquín de primeros auxilios también desapareció.
Volteó a ver a Vera: —Estaba justo a mis pies y ya no está.
Vera habló con voz tensa: —Alguien debió aprovechar el apagón para colarse. Hay que checar las cámaras, la reserva tiene cobertura total. Teófilo, tú eres el de sistemas, ¿no? No te costará trabajo filtrar los videos y buscar.
Teófilo se fue calmando poco a poco, soltó a Jorge y fue por su computadora.
A otros trabajadores les ordenaron revisar la seguridad de toda la casa y pedir refuerzos.

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