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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 639

Los refuerzos seguían sin llegar y la señal en toda la zona estaba completamente muerta.

Melisa se movía como una sombra a través de aquel infierno.

El estruendo de la escopeta resonó a sus espaldas; los perdigones hicieron pedazos la columna de yeso donde apenas se había escondido, soltando una lluvia de escombros.

Mientras daba un rodeo buscando otra salida, alguien gritó: —¡Está por las escaleras!

Melisa se agachó para esquivar las balas que le llovían de lado y cruzó corriendo el comedor. La mesa seguía servida con una vajilla carísima y los cubiertos de plata brillaban con frialdad bajo la tenue luz de las ventanas.

Un tipo con un hacha de bombero le cerró el paso.

El hombre estaba mamado y, por la forma en que retrocedió para tomar postura de ataque, era evidente que sabía pelear y no era ningún debilucho.

Le lanzó el hachazo directo a la cara. Melisa se hizo a un lado rapidísimo y le soltó una patada. Aunque el tipo se veía pesado, esquivó el golpe con sorprendente agilidad e incluso le lanzó un derechazo a la sien que llevaba tanta fuerza que hasta cortó el viento.

Ella se agachó de golpe y le metió un puñetazo con todo su peso justo en la axila.

Ahí hay un punto nervioso muy sensible. No se requiere tanta fuerza para causar un dolor infernal, y mucho menos si el golpe iba con toda la intención, como el de Melisa.

El tipo pegó un grito de dolor, retrocedió un par de pasos y empezó a lanzar hachazos a lo loco con el otro brazo para frenar los ataques de ella.

Al mismo tiempo, rugió: —¡Disparen! ¡Maten a esta perra!

Melisa no dudó. Se impulsó sobre la barra de la cocina, saltó y le soltó una patada directa a la mandíbula, fracturándosela al instante. El hombre cayó desplomado.

¡Pum!

Sonó otro disparo, esta vez de un rifle de caza.

La bala le pasó rozando la oreja y reventó unas botellas de vino carísimas en el estante de atrás. El líquido escurrió por el mueble como si fuera sangre.

Melisa rodó por el suelo, agarró un pesado cuchillo de plata y, al pasar junto al tipo que apenas intentaba levantarse, se lo clavó en la pantorrilla con una precisión brutal.

—¡Ah! —gritó el hombre, volviendo a caer.

Ella le arrebató el hacha y, sin dudarlo un segundo, le rebanó la mano.

—¡¡¡Aaaah!!!

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