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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 650

La pareja corrió de inmediato hacia la cama, con los rostros iluminados de alegría.

—¿Ya te sientes mejor, mi amor?

Pero Aria no le quitaba los ojos de encima a Lisandro.

—¿Vas a ayudar a esos hombres malos que querían matar a Sawa?

Lisandro se quedó de piedra. Supo que su hija lo había escuchado todo. Aunque era chiquita, sabía perfectamente lo que estaba bien y lo que estaba mal.

Al ver a su papá dudar sin saber qué responder, Aria entendió que de verdad planeaba ayudar a los millonarios testificando en falso durante el juicio.

Con los ojos llenos de decepción, la niña le dijo:

—Papá, ¿qué no eres protector de animales? Tú cuidabas a los animales del campamento Rubí, ¿por qué los de la reserva Klein son diferentes?

Lisandro se quedó sin palabras. Trató de justificarse, pálido como el papel:

—Aria... no tengo opción. Tengo que protegerte.

Aria se quedó callada unos segundos y luego murmuró:

—Ojalá me hubiera muerto allá. Así no tendrías que ayudar a esos malos a salirse con la suya y seguir lastimando a los animalitos.

Las lágrimas empezaron a brotarle mientras continuaba, con la voz entrecortada:

—Y la muchacha que me ayudó... si no me hubiera metido a la bodega para pararme la sangre, ya estaría muerta. Le debo la vida...

A Lisandro se le partió el alma. Al ver los ojos llorosos y llenos de decepción de su propia hija, comprendió de golpe que, si cometía esa bajeza, la perdería para siempre.

—Es que no sé qué hacer...

Lisandro se inclinó sobre la cama y rompió a llorar.

En ese justo momento, una señorita entró para cambiarle las vendas a Aria. Lisandro se limpió la cara con las manos y salió al pasillo para calmarse.

Al llegar a las escaleras del hospital, se topó con alguien que jamás imaginó ver ahí.

Un hombre de mirada penetrante, vestido con un traje a la medida, estaba de pie en el descanso. Lo llamó por su nombre sin titubear:

—Lisandro.

—¿Quién es usted? —preguntó Lisandro, viéndolo con desconfianza.

El hombre le entregó una tarjeta de presentación. Al leerla, le tembló la mirada.

—¿Dani Soto? ¿El jefe del Fondo Patrimonial Alcázar?

Mientras tanto, en el centro de detención, había llegado el abogado de Melisa.

Su nombre era Waldo, líder de un despacho mundialmente reconocido. Jamás había perdido un solo caso en toda su carrera, y también era originario de Monteverde.

Waldo llegó frente a Melisa con un par de trajes que habían sido confeccionados de urgencia, y le dijo al oficial que la custodiaba:

Tenía tanto porte que la gente casi olvidaba que llevaba esposas en las muñecas.

A su lado, Nicanor llevaba un traje gris oscuro con una camisa clara debajo. Sin corbata y con los primeros botones desabrochados, derrochaba un estilo rebelde y varonil.

Su complexión era imponente y tenía unas facciones súper marcadas. Aunque también estaba esposado, se movía con tanta naturalidad que los grilletes parecían un simple accesorio de moda.

Caminaban juntos a paso firme y con una clase indiscutible. No parecían un par de sospechosos llegando a su juicio; más bien daban la vibra de supermodelos listos para la Semana de la Moda.

—¡No manches...! Se nota que son hijos de millonarios de Monteverde —susurró una reportera asombrada.

El camarógrafo a su lado, que no paraba de tomar fotos, asintió y contestó:

—Parecen salidos de una portada de revista...

Su apariencia perfecta y esa tranquilidad de acero en el mismísimo ojo del huracán creaban una imagen que te dejaba con la boca abierta.

Rápidamente, esas fotos bautizadas como «El estilo de la justicia» reventaron de nuevo en todo el internet.

Lo mejor era que ambos trajes llevaban bordado en el pecho derecho el logo de Comercial Novierra.

Esto provocó que las búsquedas de esa ropa se dispararan en cuestión de minutos, saturando tanto el sitio oficial de la marca que los servidores terminaron colapsando.

Teresa, que había estado siguiendo paso a paso el caso de Melisa y su hermano, recibió un mensaje de los encargados del sitio web.

Fue en ese momento cuando le cayó el veinte de por qué Melisa se había aferrado a mandar a hacer esa ropa para llegar tan arreglada.

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