Melisa salió de la cocina cargando una bandeja con las empanadas recién hechas.
Al notar el ambiente extraño en la sala, preguntó:
—¿Qué hacen ahí parados? Vayan a llamarle a Mateo y al abuelo para cenar.
—Eh... acaba de entrar una videollamada —carraspeó Orfeo y le preguntó con tono suave—. Parece que alguien te busca. Tiene la foto de perfil de un fortachón de gimnasio.
Melisa no se mostró sorprendida.
—Ahorita le devuelvo la llamada, primero vamos a cenar.
Se dio la media vuelta para ayudar a la señora Del Ríos a llevar los demás platos.
En la pantalla, entró un nuevo mensaje de ese tal «Peter».
Lo que acababa de mandar eran varios enlaces de tiendas en línea.
El instinto le dijo a Orfeo que no podía ser nada bueno, así que hizo el ademán de cerrar la laptop.
—Es la privacidad de nuestra hermana, mejor no veamos más.
Pero Dani detuvo la pantalla con la mano y tocó un enlace en el monitor táctil.
Las páginas de compras se abrieron de golpe.
[Paquete sorpresa para adultos].
[Colección de cuero BDSM premium].
[Pastillas para durar más de una hora en la cama].
El contenido de los sitios daba más grima que el anterior.
Cuando Melisa terminó de poner todos los platillos en el comedor, notó que la atmósfera en la sala era aún más pesada.
Los miró, sin entender nada.
—¿No les dije que le hablaran al abuelo y a Mateo? ¿Por qué siguen ahí parados como estatuas?
Orfeo agarró la laptop, la cerró de golpe y la tiró al sofá. Jaló a Nicanor del brazo.
—Vámonos, vamos por ellos.
Dani caminó lentamente hacia el comedor y le preguntó a Melisa, que estaba acomodando los cubiertos:
—¿Te gustan así?
Melisa, concentrada en lo suyo, ni lo volteó a ver.
—¿Qué cosa?
Melisa tomó su laptop del sofá y miró a su familia, que no dejaba de espiarla de reojo.
—Voy a devolver una videollamada.
Mateo, muy curioso, preguntó:
—¿No puedes hacerla aquí?
Melisa se detuvo un segundo.
Pensando en lo excéntrico que era Peter, negó con la cabeza.
—Quédense viendo la tele y tomen algo. Ahorita bajo.
Al ver que subía las escaleras, Dani, que había estado sentado en silencio, se levantó de pronto y subió tras ella con pasos largos.
Nicanor, sintiendo que algo andaba mal, le preguntó por la espalda:
—¿A dónde vas?
—¿Yo? —Dani se detuvo y soltó una risa fría—. Voy a aprender a ser apasionado y desinhibido.
—¡Yo también quiero aprender! ¡Yo también! —brincó Catalina para seguirlo, pero Orfeo la detuvo rápidamente, le puso un dulce de leche en la mano y la calmó con voz suave—. ¿Qué tal si mejor me acompaña a tocar el piano, señora Amaya? Eso de arriba es cosa de adultos, mejor no se meta.

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