Los ojos nublados de la anciana se clavaron en la ventana. El silencio se prolongó tanto que Melisa pensó que no le iba a contestar. Su pecho frágil subía y bajaba con esfuerzo, como si cada respiración estuviera conectada a un dolor añejo.
Finalmente, giró la cabeza. Su voz sonó rasposa y entrecortada.
—En realidad, mi única hija biológica es Andrea Mijares. A Manuela, la esposa de Iván, yo la adopté.
Andrea, que escuchaba a escondidas desde la puerta, abrió los ojos de par en par, impactada.
—A Manuela le dio cáncer. En aquel entonces, había un medicamento en el extranjero que aún no estaba... no estaba aprobado aquí. La medicina podía retrasar la enfermedad, pero no curarla.
Los dedos de la anciana rascaron nerviosamente los reposabrazos de la silla de ruedas.
—Iván y Andrea querían usar sus influencias para meter el medicamento al país. Pero el precio era... vender información confidencial.
Tomó aire profundamente. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero, con una terquedad admirable, no dejó que cayeran.
—Yo los frené. Antes de jubilarme, trabajé en Seguridad Nacional. Sabía que no podíamos cruzar esa línea. Si cedes una vez, cedes siempre. La seguridad del país pesa más que cualquier vida.
El corazón de Melisa se encogió al escucharla.
—Pero mi hija menor creció siendo muy inocente. Ella no entendía de política, solo veía que su hermana mayor se estaba muriendo. —La voz de la anciana se quebró, inundada de una culpa y un dolor infinitos—. Me odió. Pensó que yo tenía un corazón de piedra. Pensó que podía salvarla y simplemente no quise hacerlo...
»Por eso creyó que si me envenenaba y me dejaba paralítica, ya no podría meterme en sus asuntos, y ella e Iván tendrían el camino libre. —La mujer cerró los ojos y, finalmente, dos lágrimas rodaron por sus mejillas—. Yo me adelanté y les cerré esa puerta.
»Lo hizo para salvar a su hermana, así que no le guardo rencor por nada de esto. —Los sollozos casi no le dejaban terminar las frases—. Pero, ¿por qué nunca entendió que a mí también me dolía en el alma? Ella también era mi hija...
Ver morir a su propia hija... ¿acaso ella la estaba pasando mejor que ellos?
—Más tarde, Iván encontró otra salida: llevar a su esposa al extranjero para usar esa máquina. —El rostro de la anciana parecía marchito—. Pero Iván se había ganado muchísimos enemigos a lo largo de su carrera sirviendo al país. Alguien filtró la información. Ese día, él iba a viajar con su esposa, pero un asunto de urgencia lo obligó a quedarse. Alguien saboteó ese avión privado y se estrelló...
La única que murió fue Manuela. Iván se salvó de puro milagro, pero el suceso lo transformó en otra persona.
Melisa escuchaba en silencio, sacudida por la revelación.
—Conque fue eso...
La anciana miró a Melisa a los ojos.
—Al principio, pensé en quedarme postrada en esta cama el resto de mi vida como una forma de pagarle a Manuela.
Tomó un poco de aire antes de continuar:
—Pero me di cuenta de que toda la familia Mijares se estaba pudriendo. Mi nieta se convirtió en un monstruo hipócrita, y los más jóvenes se desviaron del camino.
Incluso ahora, entre su familia y su país, la anciana había elegido proteger a la nación.
—No podía permitir que las cosas siguieran así. Sabía de lo que era capaz Dani, sabía que ustedes tenían el poder para detenerlos. En cuanto te vi, supe que era mi oportunidad.
Unos estaban dispuestos a sacrificar la vida de su hija por mantener intacta la moral y la seguridad del país. Otros, con tal de salvar a un ser querido, no dudaron en envenenar a su propia madre y cometer traición.

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