La empleada que iba con Melisa se quedó sorprendida y molesta. Estaba por aclarar el malentendido, pero Melisa ya había dicho:
—No te preocupes por mí.
Luego, Melisa se fijó en la pierna de la señora Serrano, que se veía cada vez más deformada. Se detuvo un instante y le dejó caer una advertencia:
—La medicina que te está dando Verónica… mejor ya no la uses. A menos que quieras acabar como Eloy.
Verónica se quedó helada y enseguida se victimizó:
—Yo no le di nada “a lo loco”. Fuiste tú la que le cortó el tratamiento sin avisar y por eso le dolía peor. Yo solo… yo solo fui con Dafne para conseguir algo que le quitara el dolor.
¿Ahora resultaba que era culpa de Melisa?
Melisa ni ganas tuvo de discutir. Se dio la vuelta para irse, pero la señora Serrano, molesta, la llamó. Aun así, recordando lo que Bernal le había dicho —que sí necesitaban la medicina de Melisa—, se tragó el coraje y bajó el tono:
—Melisa, yo sé que eres buena para esto y que hasta Novygen Biotecnología te tomó en cuenta. Si no, ¿cómo ibas a pagar medicinas tan caras? Yo… yo soy tu mamá. Me da pena que estés desperdiciando tu talento aquí.
Melisa se detuvo y se volteó, sin entender.
—¿Desperdiciándolo aquí?
La señora Serrano se animó:
—Voy a volver a sacar un comunicado. Voy a recibirte otra vez, a ti y a tu mamá, para que vivan con los Serrano. Y tú vas a ser mi doctora personal: me preparas mis medicinas, me das masaje en la pierna… ¿a poco no es mejor que estar aquí de sirvienta?
Qué mujer tan egoísta.
A Melisa se le torció la boca y soltó una risita, como si ya no pudiera aguantarse.
—Con gente tan hueca como ustedes, con razón los Serrano se vinieron abajo.
Verónica se puso enfrente, defendiendo a su mamá:
La señora Serrano también se moderó al instante. Se puso a evaluar el reloj y el traje del hombre, claramente carísimos, intentando adivinar quién era.
La señora Jara, más colmilluda, reaccionó primero. Se llenó la cara de sonrisa y dijo con respeto:
—Buenas tardes, señor Núñez. Soy Clara Jara, esposa del señor Jara.
Orfeo apenas asintió y miró a Melisa.
—Hay un paquete en la entrada. Necesitan que tú lo firmes y el repartidor ya tiene rato esperando.
Al oír el tono familiar —y ligeramente consentidor— con el que le habló a Melisa, a la señora Jara se le apretó el estómago.
Melisa miró de reojo a la señora Serrano.
—Ah, es que los Serrano me detuvieron. Dicen que no debería estar aquí “de sirvienta” y que mejor me regrese con ellas para darle masaje en la pierna a la señora Serrano.

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