Verónica respiraba a medias, como si fuera a desmayarse. La señora Serrano tampoco estaba mejor. Se sostenían entre las dos. La señora Serrano, temblando, preguntó:
—V-Verónica… ¿qué dijo? ¿“La señorita”? ¿Quién?
Verónica tampoco quería aceptar lo que acababa de oír, pero ahí estaba, frente a ella. Melisa, a la que había echado con todas sus fuerzas, no solo no regresó a pasar penurias: terminó en la familia más poderosa y como la única nieta del hombre más rico.
—No puede ser… no puede ser… ¿cómo va a tener tanta suerte?
Verónica estaba blanca, con los labios temblándole. Se sentía tan mal que se le iban las piernas.
La señora Serrano la sujetó rápido.
—¡Verónica!
Melisa las miró con la mirada fría y una mueca de burla.
—Es taquicardia del coraje. No se va a morir.
El abuelo Núñez resopló y le ordenó al mayordomo:
—Sáquenlas. Que se larguen y dejen de hacer el ridículo aquí.
El mayordomo se acercó de inmediato, educado pero firme:
—Señoras, por favor, salgan de la propiedad.
La señora Jara, viendo que ya no había nada qué hacer, se despegó de ellas y se fue sin siquiera voltear.
La señora Serrano, sosteniendo a Verónica, se fue con la cara hecha piedra, sin atreverse a decir una sola palabra más.
Verónica volteó una última vez hacia Melisa, con los ojos llenos de celos y miedo.
Melisa ni la peló. Se giró hacia el abuelo Núñez.
—Abuelo, voy a firmar el paquete. Me cambio y me voy a la gala.
El abuelo Núñez asintió con cariño.
—Ve. No te vayas a atrasar.
Melisa sonrió leve y se fue.
***
En otro lado, Bernal y el papá de Eloy estaban en la oficina de Nicanor, desesperados intentando salvar el proyecto.
Nicanor, detrás del escritorio, estaba harto. Su tono era duro:
—Los Jara incumplieron primero. Mi hermano hizo lo que tenía que hacer al retirar el proyecto. Y los Serrano… si decidieron ir de la mano con los Jara, les toca cargar con el riesgo.
A Bernal le escurrió sudor en la frente.
—Nicanor, aquí tiene que haber un malentendido. Pagamos lo que sea, compensamos lo que sea… solo denos otra oportunidad.
Nicanor soltó una risa.
—¿Oportunidad? Ustedes han dejado que Verónica pisotee a mi hermana durante años. ¿Todavía quieren “oportunidad”?
Bernal se quedó tieso.
—¿Su hermana?
En ese momento se abrió la puerta. Orfeo entró y dijo, sin emoción:

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