Al segundo, la sonrisa de Claudia se le congeló. Melisa no llegó como ella se lo imaginaba: corriendo, con un vestido inadecuado y haciendo el ridículo.
—¿Esta es la señorita Núñez? —Ángel la recorrió de arriba abajo, fijándose en su ropa y en su porte—. No se parece en nada a lo que dicen de ella.
Melisa llevaba un vestido largo de satín negro, palabra de honor. El cabello, oscuro y largo, lo traía recogido con sencillez. En el cuello, una joya antigua de estilo real; el maquillaje, discreto. En conjunto, se veía elegante sin presumir, y con una clase que no pasaba desapercibida.
Claudia apretó los dientes, forzó una sonrisa y dijo:
—¿Ves? Siempre lo he dicho: mi prima y yo somos del mismo nivel.
—Yo diría que ella se ve por encima —soltó Ángel, divertido—. Mira cómo se mueve, cómo le habla a la gente… trae un porte impecable. Se ve que se preparó para no dejar mal a los Núñez.
Claudia cerró el puño, conteniéndose.
«Ni de chiste voy a dejar que Melisa le robe la atención».
La familia Durán, detrás de Ángel, era un peso pesado en el negocio de los cargueros. No estaban al nivel de los Soto, pero tampoco eran cualquier cosa. Y Ángel era su segunda opción como futuro esposo.
Claudia se acercó con pasitos cortos, se colgó del brazo de Melisa con aparente cariño y sonrió.
—Prima, por fin llegaste. Te guardé un lugar, ven. Y perdón… por mi culpa llegaste tarde.
Melisa respondió, sin subir la voz:
—Eres parte de los Núñez. Si te comprometes a algo, lo cumples. Y lo básico de la puntualidad no tendría que explicártelo otra vez.


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