—¡Melisa! —Phillips reprimió su furia y trató de defender a su equipo a toda costa—. ¡Esas acusaciones infundadas son un insulto a los años de arduo trabajo de todos nosotros! ¿Crees que por memorizar unos cuantos números y hacer un par de preguntas capciosas puedes tirar a la basura todo lo que hemos logrado? ¡La ciencia exige exploración y se permite el fracaso! ¡Las fluctuaciones en los datos y los errores de registro son inevitables! Con esa actitud de buscarle tres pies al gato con lupa para intentar desacreditarnos, demuestras que no estás aquí para investigar, ¡solo vienes a sabotearnos!
Respiró hondo y emitió su veredicto definitivo:
—Dado que tu comportamiento ha alterado gravemente el orden y el ambiente del laboratorio, y representa un riesgo para nuestra reputación, te notifico oficialmente que tu estancia de investigación ha sido cancelada. ¡Te exijo que te largues en este mismo instante! ¡Si no, llamaré a seguridad!
—No me voy —soltó Melisa de forma cortante—. De hecho, ya tengo todo listo para que el profesor Bonic asuma el control de este proyecto de manera oficial.
Phillips soltó una carcajada irónica.
—No... no te entiendo. ¿Quién te crees que eres?
—Trabajas para el jefe de la familia Costa, pero te robas descaradamente los fondos de su investigación en sus propias narices —dijo Melisa—. ¿Qué crees que te harán cuando descubran tus verdaderas intenciones?
Esas palabras hicieron que los investigadores, que ya estaban pálidos, perdieran el poco color que les quedaba.
El líder de esa familia era un hombre extremadamente paranoico. Si alguna vez le llegaba el rumor, aunque no hubiera pruebas contundentes, ordenaría una investigación exhaustiva a sus espaldas. Y si la verdad salía a la luz...
Melisa se dio la vuelta para marcharse.
—¡Detente!
El grito de Phillips la frenó.
—Diez millones. De dólares.
Melisa volteó y alzó una ceja.
—¿Me estás sobornando?
—Eres una estudiante —dijo Phillips—. Diez millones de dólares convertidos a la moneda nacional... sabes perfectamente la fortuna que representa. Tómalo, haz de cuenta que no pasó nada y entra a mi laboratorio. Haremos la investigación juntos y terminaremos este proyecto. ¿Qué dices?
—¿Y si me niego? —respondió Melisa.
Phillips se quedó en silencio. Detrás de él, uno de los investigadores mostró una expresión sombría y murmuró con un tono escalofriante:
—Estás en Colombia. La embajada de Monteverde no puede hacer nada por las chicas que desaparecen por aquí.
Melisa arqueó las cejas, fingiendo preocupación por su vida.
—De acuerdo. Diez millones a cambio de mi silencio. Será un placer hacer negocios con usted.
Justo cuando parecía que el asunto estaba resuelto, Phillips se retractó. Simplemente le dijo a Melisa:

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