Quino Duarte reconoció ese rostro.
Era Nicanor Núñez, de la familia Núñez de Santa María.
A decir verdad, Quino nunca lo había visto en persona, pero cualquier persona en el círculo empresarial de Santa María que hubiera alcanzado cierto nivel de poder, tenía una foto de él guardada en su teléfono. No para idolatrarlo, sino para saber a quién debían evitar a toda costa.
Nicanor Núñez, el hombre que controlaba el flujo global de armamento y el indiscutible jefe del bajo mundo en Colombia. Ante sus ojos, los sucios trucos de Quino no eran más que un juego de niños.
Al cruzar la mirada con los ojos oscuros de Nicanor, que lo observaban con una sonrisa a medias, la espalda de Quino se empapó de sudor frío y sus piernas comenzaron a temblar sin control.
Su mente trabajaba a mil por hora. Cuando Teresa le dijo que Nicanor era el padre de su hija, no le creyó, porque nunca había escuchado que él tuviera una mujer, y mucho menos una hija.
Pero ese hombre estaba allí, frente a él. A esa hora, en ese lugar. No podía ser una coincidencia.
En este mundo no existían coincidencias tan exactas, aunque en el fondo de su alma, Quino deseaba desesperadamente que lo fuera.
Nicanor ni siquiera lo miró.
Caminó directamente hacia la ventanilla del auto de Teresa, se inclinó ligeramente y observó el cristal blindado que había sido golpeado por el tubo de metal. Solo tenía una leve marca blanca.
Entrecerró los ojos, emanando un aura de peligro, y luego abrió la puerta, protegiendo la cabeza de Teresa con la mano mientras la ayudaba a bajar.
—¿Estás bien?
Ella asintió, indicando que estaba ilesa.
Solo entonces Nicanor se dio la vuelta y enfrentó a Quino.
—Señor Duarte —dijo con voz calmada—. Escuché que hace un momento no demostró el más mínimo respeto por mi nombre.
Hizo una pausa, ladeó ligeramente la cabeza y fijó su mirada en el rostro de Quino. En sus labios se dibujó una leve sonrisa, una sonrisa tan gélida que parecía pertenecer a un demonio a punto de desatar el infierno.
—¿No me cree que esta mujer es mi esposa y que Lulú es mi hija?
Ante esas palabras, las rodillas de Quino cedieron.
—Se... señor Núñez, yo no lo sabía, le juro que no tenía idea de que Teresa Manrique era su esposa —tartamudeó, con los labios temblorosos. Toda su arrogancia había desaparecido, dejando solo una súplica desesperada en sus ojos.
Nicanor lo ignoró.
Giró la cabeza y miró a Sombra.
Sombra sacó una tableta del auto y caminó hacia Quino. En la pantalla se reproducía un video.
Quino no quería mirar, pero Sombra lo agarró bruscamente por la mandíbula y lo obligó a clavar los ojos en la pantalla.
En el video aparecía su hijo.
Tenía cuatro años. Lo habían grabado esa misma tarde, en el patio del Jardín Infantil Internacional de Santa María, corriendo tras una mariposa cerca de los toboganes, riendo con inocencia.
Las imágenes habían sido captadas desde tres ángulos diferentes, y cada toma era tan nítida que incluso se podía distinguir un pequeño resto de comida en la comisura de la boca del niño.
Nicanor habló con parsimonia:
—¿Ese no es el hijo del señor Duarte? Se ve tan dulce e inocente. Justo en la edad de ir al jardín infantil.
Como si hubiera encontrado su última tabla de salvación, Quino, aún de rodillas y con el rostro cubierto de sangre y lágrimas, se arrastró un par de pasos hacia Teresa, intentando agarrar el borde de su pantalón.
Sombra le pisó la muñeca con fuerza y le espetó con frialdad:
—¿Quién te crees para tocar a la señora Manrique?
Quino gritó de dolor, pero las palabras seguían saliendo de su boca a borbotones:
—¡Señora Manrique, señora Manrique, me equivoqué! Usted es una persona generosa, perdóneme la vida, se lo suplico. Nunca más volveré a hacer algo así, me iré de Santa María, dejaré esta industria, jamás volveré a aparecer en su camino, se lo ruego...
Teresa lo observó, y en su mirada no había ni un ápice de compasión.
Su mente solo repetía la amenaza de Quino. Lulú era su única hija, no podía permitir que existiera ni el más mínimo riesgo que pudiera lastimarla.
—Has usado estos mismos métodos para arruinar vidas más de una vez —Teresa se agachó y lo miró fijamente—. Ahora que te toca a ti, ¿tienes miedo? ¿Y qué pasa con todos esos colegas a los que llevaste a la ruina? ¿Quién me garantiza que hoy actúas como un perro arrepentido, pero mañana no vendrás a vengarte por resentimiento?
—¡No, no! ¡Jamás me vengaría de usted! —se apresuró a jurar Quino.
—¿Y por qué debería perdonarte? —Los ojos de Teresa eran témpanos de hielo—. Si yo te hubiera suplicado que nos perdonaras a mí y a mi hija hace un rato, ¿accederías?
Por supuesto que no lo habría hecho. Él se habría sentido poderoso y superior, creyendo que podía pisotear a cualquiera en Santa María.
—¿Qué... qué quiere de mí? —preguntó, juntando las manos temblorosas en súplica.
—Quiero tirarte al mar para alimentar a los peces —respondió Teresa con una calma letal.

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