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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 940

Quino Duarte reconoció ese rostro.

Era Nicanor Núñez, de la familia Núñez de Santa María.

A decir verdad, Quino nunca lo había visto en persona, pero cualquier persona en el círculo empresarial de Santa María que hubiera alcanzado cierto nivel de poder, tenía una foto de él guardada en su teléfono. No para idolatrarlo, sino para saber a quién debían evitar a toda costa.

Nicanor Núñez, el hombre que controlaba el flujo global de armamento y el indiscutible jefe del bajo mundo en Colombia. Ante sus ojos, los sucios trucos de Quino no eran más que un juego de niños.

Al cruzar la mirada con los ojos oscuros de Nicanor, que lo observaban con una sonrisa a medias, la espalda de Quino se empapó de sudor frío y sus piernas comenzaron a temblar sin control.

Su mente trabajaba a mil por hora. Cuando Teresa le dijo que Nicanor era el padre de su hija, no le creyó, porque nunca había escuchado que él tuviera una mujer, y mucho menos una hija.

Pero ese hombre estaba allí, frente a él. A esa hora, en ese lugar. No podía ser una coincidencia.

En este mundo no existían coincidencias tan exactas, aunque en el fondo de su alma, Quino deseaba desesperadamente que lo fuera.

Nicanor ni siquiera lo miró.

Caminó directamente hacia la ventanilla del auto de Teresa, se inclinó ligeramente y observó el cristal blindado que había sido golpeado por el tubo de metal. Solo tenía una leve marca blanca.

Entrecerró los ojos, emanando un aura de peligro, y luego abrió la puerta, protegiendo la cabeza de Teresa con la mano mientras la ayudaba a bajar.

—¿Estás bien?

Ella asintió, indicando que estaba ilesa.

Solo entonces Nicanor se dio la vuelta y enfrentó a Quino.

—Señor Duarte —dijo con voz calmada—. Escuché que hace un momento no demostró el más mínimo respeto por mi nombre.

Hizo una pausa, ladeó ligeramente la cabeza y fijó su mirada en el rostro de Quino. En sus labios se dibujó una leve sonrisa, una sonrisa tan gélida que parecía pertenecer a un demonio a punto de desatar el infierno.

—¿No me cree que esta mujer es mi esposa y que Lulú es mi hija?

Ante esas palabras, las rodillas de Quino cedieron.

—Se... señor Núñez, yo no lo sabía, le juro que no tenía idea de que Teresa Manrique era su esposa —tartamudeó, con los labios temblorosos. Toda su arrogancia había desaparecido, dejando solo una súplica desesperada en sus ojos.

Nicanor lo ignoró.

Giró la cabeza y miró a Sombra.

Sombra sacó una tableta del auto y caminó hacia Quino. En la pantalla se reproducía un video.

Quino no quería mirar, pero Sombra lo agarró bruscamente por la mandíbula y lo obligó a clavar los ojos en la pantalla.

En el video aparecía su hijo.

Tenía cuatro años. Lo habían grabado esa misma tarde, en el patio del Jardín Infantil Internacional de Santa María, corriendo tras una mariposa cerca de los toboganes, riendo con inocencia.

Las imágenes habían sido captadas desde tres ángulos diferentes, y cada toma era tan nítida que incluso se podía distinguir un pequeño resto de comida en la comisura de la boca del niño.

Nicanor habló con parsimonia:

—¿Ese no es el hijo del señor Duarte? Se ve tan dulce e inocente. Justo en la edad de ir al jardín infantil.

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