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ME ECHARON POR FALSA, VOLVÍ REINA romance Capítulo 856

—Estela, dame una última oportunidad. Déjame hacerte sentir bien una vez más. Solo una. Te juro que después de eso desapareceré de tu vida y esto... —agitó el celular frente a ella— lo borraré delante de tus propios ojos.

Estela lo miró desde arriba. Al verlo tan patético y rebajado, la furia asesina que sentía se disipó un poco.

Ese hombre la había seguido como un perro durante años, siempre arrastrándose, siempre dispuesto a hacer lo que ella quisiera.

Muy diferente a Dani.

Dani siempre mantenía una barrera, siempre la obligaba a esforzarse por él, y ella nunca lograba descifrar lo que pasaba por su mente.

Se mordió el labio y, de un tirón, agarró a Hansel por el cabello, obligándolo a levantar el rostro.

—¿Una última vez? —preguntó.

Hansel asintió, con la mirada ardiendo de deseo.

—La última.

Estela guardó silencio unos segundos antes de empujarlo al suelo.

—Más te vale que me dejes satisfecha.

Dos horas después, Estela salió de la habitación con las piernas temblando ligeramente.

Hansel cumplió su palabra y borró todos los videos y fotos delante de ella.

Se arregló el vestido, respiró profundo, retomó su máscara de intocable princesa de la alta sociedad y se dirigió al salón principal.

Tenía que encontrar a Dani.

Si desaparecía por tanto tiempo, ¿comenzaría a sospechar?

Sin embargo, buscó por todo el salón y no lo encontró por ningún lado.

—¿Dónde está el señor Soto? —le exigió a un mesero.

El camarero negó con la cabeza.

—No lo hemos visto, señora.

Preguntó a varios invitados, pero nadie sabía nada.

El corazón de Estela empezó a latir con fuerza.

Fue a la suite de Dani. Vacía.

A la cubierta. Nadie.

Al bar. Nada.

Un presentimiento oscuro reptó por su espalda como una serpiente de hielo.

Buscó a Melisa Serrano y tampoco la encontró.

El terror se apoderó de ella: ¿Y si Melisa se había llevado a Dani?

—¡Búsquenlo! —le gritó a sus guardaespaldas—. ¡Movilicen a todos! ¡Encuentren a Dani aunque tengan que voltear el maldito barco!

En cuestión de minutos, el crucero entero se iluminó, los guardias corrían de un lado a otro y los invitados, desconcertados, se asomaban a ver el escándalo.

—¿Qué pasa?

—¿Desapareció el señor Soto?

—La señorita Aguirre está histérica.

En medio del caos, Melisa salió del baño de mujeres. Al ver a los guardias corriendo por la cubierta, entrecerró los ojos.

Estela y sus hombres llegaron al pasillo del área de servicio.

Al final de ese corredor había una puerta sin ninguna identificación, que parecía un simple cuarto de limpieza.

—¿Ya revisaron aquí? —preguntó el jefe de seguridad.

—No, es la zona de empleados. El señor Soto nunca entraría a un lugar así.

—¡Revisen de todos modos!

El guardia estaba a punto de empujar la puerta cuando una voz fría y femenina resonó a sus espaldas.

—Vaya, ¿qué andan buscando?

Todos voltearon.

Estela apretó los dientes, mirando a Melisa con unas ganas inmensas de asesinarla.

En ese exacto momento, una señora de la limpieza con mascarilla empujó la puerta y salió con su carrito. Era una mujer mayor que preguntó en un inglés roto:

—¿Necesitar que limpie algo?

El guardia aprovechó para echar un vistazo dentro. Era solo un pequeño cuarto de escobas.

Negó con la cabeza hacia Estela.

—¡Vámonos! —escupió ella con rabia—. ¡Busquen en otra parte!

Los hombres se marcharon rápidamente, siguiéndola fuera de la zona de servicio.

El pasillo volvió a quedar en silencio.

Melisa dejó la copa de vino a un lado, perdiendo de inmediato la actitud relajada que había fingido.

Entró al pequeño cuarto de escobas, tocó la pared aparentemente normal y escuchó el eco hueco.

Entrecerró los ojos, levantó el puño y golpeó la pared. La estructura, que resultó ser falsa, se rompió, revelando a un asustadísimo Fabio al otro lado.

—¡Melisa! ¡Casi me rompes la nariz!

Melisa ignoró la queja. Olió a desinfectante y sangre en el aire.

—¿Dani está aquí adentro? —preguntó con voz grave.

Fabio se maravilló de su intuición. Sabía que no podía ocultarle nada, así que asintió y retiró el panel falso para dejarla pasar.

Gilberto Villanueva, junto con los doctores veteranos del Hospital de los Santos, acababan de extraer el chip del cerebro de Dani. Estaban terminando de suturar.

Como fue una cirugía craneal, Dani había permanecido despierto todo el tiempo.

—¿Salió bien? —preguntó Dani en voz baja.

—Por ahora todo parece perfecto, pero me preocupa que el sistema detecte que sacamos el chip... —explicó el doctor Gilberto.

Una voz firme interrumpió desde la entrada.

—El chip tiene un retraso de señal de diez minutos. Solo hay que implantarlo en cualquier otro tejido vivo para que el sistema siga registrando signos vitales normales.

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