Omar y Murad no perdieron ni un solo segundo.
En cuanto comprendió que Hasret había desaparecido, dejó de pensar como empresario; en ese momento solo era un hombre desesperado intentando encontrar a la mujer que amaban.
Tomaron todos los recursos que tenían a su alcance.
Llamaron a la policía, activaron sus contactos dentro de las autoridades y solicitaron ayuda a personas con influencia en la región.
Incluso se comunicaron con el Emir de Furayia y con aliados dentro del gobierno para que todos los medios posibles fueran utilizados en la búsqueda.
No podían esperar.
Cada minuto que pasaba era una tortura.
Murad no podía dejar de recordar la última vez que escuchó la voz de Hasret.
Ese grito. Ese instante en el que ella pronunció su nombre antes de desaparecer.
La imagen se repetía una y otra vez en su mente, provocándole una angustia que apenas podía controlar.
—La encontraremos —dijo Omar con firmeza, aunque en el fondo de su corazón también sentía miedo.
Murad no respondió.
Estaba sentado en el vehículo, con las manos apretadas con fuerza, mirando hacia la nada.
Por primera vez en su vida, el hombre que siempre había sido fuerte, calculador y capaz de enfrentar cualquier enemigo, se sentía completamente vulnerable.
Porque esta vez no se trataba de negocios.
No era una guerra entre familias.
Era Hasret.
La mujer que había cambiado su vida. La mujer que se había convertido en su hogar.
***
Cuando regresaron a la mansión Al-Sabah, esperaban encontrar alguna respuesta.
Pero el silencio que los recibió fue aún más desesperante.
La casa, que normalmente estaba llena de vida, parecía cubierta por una sombra de preocupación.
Al entrar, encontraron a Fahriye y Zayn esperando noticias.
Fahriye se levantó de inmediato al ver el rostro de Murad.
Nunca lo había visto así.
Su expresión estaba completamente destruida.
—¿Crees que esto es por dinero? —preguntó ella con preocupación.
Murad permaneció en silencio durante unos segundos.
La pregunta era razonable.
Algunas personas podían secuestrar por una recompensa económica, pero algo dentro de él le decía que aquello era mucho más personal.
Negó lentamente.
—No lo sé.
Su voz salió baja y llena de desesperación.
—No entiendo quién podría querer hacerle daño.
Antes de que alguien pudiera responder, una voz llena de angustia se escuchó detrás de ellos.
—Murad...
Samyra había llegado.
La madre de Murad caminó rápidamente hacia él y lo abrazó con fuerza.
Ella conocía a su hijo mejor que nadie.
Sabía cuánto amaba a Hasret.
Había visto cómo aquella mujer había cambiado completamente su corazón, cómo aquel hombre que antes parecía incapaz de mostrar sentimientos ahora era capaz de sonreír solo por verla.
Por eso tenía miedo.
Porque sabía que perderla sería destruirlo.
—Mi hijo... la encontraremos —susurró mientras acariciaba su espalda.
Pero sus propias lágrimas comenzaron a caer.
Murad cerró los ojos.
Durante unos segundos permitió mostrar el dolor que llevaba escondiendo.
—Madre... tengo miedo.
Aquellas palabras rompieron el corazón de Samyra.
Nunca había escuchado a su hijo admitir algo así.
Ella lo abrazó más fuerte.
Después levantó sus manos y comenzó a rezar.
—Alá, por favor, protege a Hasret. Devuélvela con nosotros. No permitas que esa familia sea destruida...

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