—¡No! ¡No vuelvas a tocar a mi hijo! —la anciana guardó el celular a toda prisa y se abalanzó sobre Yamil, protegiéndolo con su cuerpo mientras lloraba a gritos—. ¡Ahora está en shock, pero si lo atiendes tú, seguro me lo matas!
—Señora, por favor, no estorbe más. ¡Quítese de en medio! —Thiago intentó apartarla, pero la mujer se aferraba a su hijo con una tenacidad inquebrantable.
—¡La situación es muy grave! —insistió Fiona, su voz cargada de autoridad—. ¡Si sigue perdiendo el tiempo, él de verdad va a morir!
Quizás fue la convicción en la mirada de Fiona, o la fuerza de su presencia, lo que finalmente hizo flaquear a la anciana.
—Cuando despierte le daré una explicación, pero ahora no nos impida hacer nuestro trabajo.
Al ver que la mujer por fin cedía, Fiona se giró hacia Thiago.
—¡Prepara el equipo de punción, rápido!
—Entendido —Thiago se dirigió a los hombres que acompañaban a la anciana—. Ustedes, ayuden a meterlo.
Los hombres se miraron entre sí, indecisos.
—¿Qué esperan? ¡Cada segundo cuenta! —bramó Thiago.
El grito pareció sacarlos de su letargo y, por fin, entre todos, llevaron a Yamil a la sala de tratamiento.
-Pum-
Thiago cerró la puerta, dejando a Fiona a solas con el paciente. Afuera, la gente se arremolinaba en la entrada, bloqueando casi por completo el paso. El aire estaba cargado de murmullos y miradas ansiosas dirigidas a la puerta cerrada. Nadie sabía lo que ocurría dentro.
Marcela Soto se escabulló entre la multitud y llamó a Ofelia.
—Tía, ¿qué pasa? —se escuchó la voz de Ofelia al otro lado de la línea.
—¡Ay, Ofelia! ¡Algo grave pasó en la clínica de tu amiga!


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