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Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera romance Capítulo 1158

Él jamás podría olvidar la forma en que ella miraba a Samuel en la boda de Fiona.

Era una mirada impregnada de auténtica admiración y deseo.

Exactamente la misma mirada con la que ella lo observaba a él en el pasado, pero ahora se la dedicaba a otro hombre.

Todo eso de dejarlo por la muerte de su padre no era más que una burda excusa. Su verdadero objetivo era Samuel Flores, la figura que dominaba la alta sociedad de Santa Matilde, el hombre que controlaba un imperio comercial entero.

En palabras más simples: ella ya lo consideraba poca cosa, porque ya tenía un nuevo capricho en la mira.

—¡Piensa lo que se te dé la gana! El punto es que es imposible que sigamos juntos —Yolanda había tomado una decisión firme y no iba a retroceder—. Benjamín, vuelve y dile a tu esposa que Yolanda Arroyo tiene muy presente la deuda por la muerte de su padre.

Haría que la familia Arroyo pagara esa deuda multiplicada diez o cien veces.

Hasta que no cobrara esa factura, no los dejaría en paz.

Y lo cumpliría.

Benjamín soltó una carcajada burlona, mirándola de reojo con profundo desprecio:

—¿Tú? ¿Crees que vas a aprovechar esto para derrocar a los Arroyo? Ni siquiera te imaginas el poder que tienen. Te doy un consejo: no te metas en ligas mayores.

—Deja de soñar despierta, será mejor para tu salud.

Por no decir más, el poder de la familia Arroyo en el sistema judicial y policial era un árbol de raíces tan profundas y ramas tan gruesas que hasta a él le daba escalofríos.

Llevaba años formando parte de la familia y todavía no terminaba de descifrar el verdadero círculo de poder en el que se movían.

Mucho menos lo haría una jovencita como Yolanda, que apenas empezaba a entender el mundo.

Decir que no estaba a la altura era hacerle un halago.

Yolanda apretó los puños, estrujando la tela de su vestido:

—El que debería dejar de soñar eres tú. Lárgate de una vez, lo que yo haga ya no es asunto tuyo.

Solo así tendría alguna posibilidad de ganarse el perdón de Fiona.

Fiona soltó una ligera carcajada, sintiendo que la situación era algo irónica:

—Qué curioso, el que cometió el error no fue usted, comisario. ¿Por qué se disculpa conmigo? Además, soy una simple ciudadana, me queda grande recibir una disculpa de alguien como usted.

Que un comisario de policía viniera a disculparse con una ciudadana común y corriente...

Si eso llegaba a saberse, su reputación quedaría por los suelos.

Y probablemente nadie lo creería.

—Señorita Santana, de verdad lo siento mucho, no fue mi intención —intervino Inés, dando un paso al frente al notar la tensión—. Por favor, no incomode a mi padre, él vino exclusivamente a acompañarme para que yo pudiera disculparme.

Había sido ella la que había cometido el error y provocado todo este caos.

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