—Samuel, perdóname, me equivoqué... ¡Ahhh!
Antes de que pudiera terminar, unas nuevas gotas de cera hirviente le quemaron la piel, arrancándole otro alarido desgarrador que hizo eco en las paredes del sótano.
—¿Ahora sí te equivocaste? —Samuel levantó una taza de café, le dio un sorbo relajado y continuó—: Pero cuando orquestaste ese accidente para acabar con Fiona, curiosamente no sentiste que estuvieras cometiendo un error, ¿verdad?
Hizo una pausa, mirando la escena con fastidio.
—La cera no está lo suficientemente caliente. Consigan más velas, enciéndanlas todas.
Yolanda no podía creer la brutalidad de Samuel.
—¡Te juro que me equivoqué! ¡Yo no quería hacerlo! ¡Fue Valeria! ¡Valeria Domínguez también...!
¿Por qué, si ambas habían planeado el accidente, Valeria estaba viviendo rodeada de lujos y comodidades, sin sufrir el más mínimo rasguño? ¿Por qué la vida era tan injusta? ¿Qué tenía esa mujer que la hacía intocable frente a su desgracia?
—De Valeria me encargaré personalmente a su debido tiempo —aseguró Samuel. No iba a perdonar a nadie—. Dices que no querías hacerlo, pero al final ensuciaste tus manos. Fiona te ayudó en incontables ocasiones, y en lugar de ser agradecida, le pagaste mordiéndole la mano.
Ese solo hecho era motivo suficiente para destruirle la vida. Las ardientes gotas de cera caían sin parar sobre el cuerpo de Yolanda. Ella, que nunca había conocido el sufrimiento real, se retorcía con espasmos en un intento inútil por escapar. Tras recibir quemadura sobre quemadura, su visión se nubló y la oscuridad la envolvió. Se desmayó por completo.
—Señor Flores, perdió el conocimiento —informó Lucas.
Samuel le hizo un gesto con la mirada a Lucas.
—Lucas, despiértala.
Otro balde de agua helada se estrelló de golpe contra la cabeza de Yolanda, calándola hasta los huesos. Exhausta y agonizante por las quemaduras de la cera, apenas podía mantener los ojos abiertos.
—Mu-cho... me-jor.
—¿Sabes quién te hizo esto? —Samuel se sentó en el borde de la cama, con expresión grave—. ¿Sabías algo de la explosión en la clínica antes de que ocurriera?
Fiona negó con la cabeza lentamente.
—Solo recuerdo... que iba conduciendo hacia el trabajo. Thiago Guzmán... me llamó pidiendo ayuda. Por el teléfono... escuché clarísimo el sonido de la explosión en la clínica. Me asusté tanto... que pisé el acelerador... y de repente sentí el golpe del auto.
Le tomó varios minutos poder armar esas frases. Cada palabra le exigía un sacrificio inmenso. Al terminar, su respiración se agitó; el simple acto de hablar la había dejado sin oxígeno.
Samuel se apresuró a pedirle que dejara de forzarse.
—Entiendo, descansa. Te juro que llegaré al fondo de esto. No dejaré que este sufrimiento quede impune.

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