Y, como era de esperarse, el puño de Andrés aterrizó violentamente sobre Valeria.
—¡Ah!
El impacto la arrojó al suelo, dejándola en una posición lamentable.
Andrés, estupefacto, no podía creer que ella se hubiera interpuesto para recibir el golpe por Samuel. Por un segundo se quedó congelado, pero no tardó en asimilar lo que acababa de pasar.
Valeria, ignorando el dolor punzante, intentó ayudar a Samuel a levantarse:
—Samuel, ¿estás bien?
—¡Quítate! —Samuel la empujó sin una pizca de piedad, como si su roce lo contaminara—. No me toques.
La única mujer con derecho a tocarlo era Fiona.
No Valeria Domínguez.
Con las heridas que Andrés ya le había causado en los forcejeos previos, el empujón de Samuel la mandó de vuelta al piso.
El impacto contra el mármol hizo que sus lesiones dolieran aún más:
—Por favor, ya no peleen...
Andrés presenció toda la escena con una frialdad glacial:
—Valeria, ya que tanto amas a Samuel Flores, que te lleve él. No hace falta que regreses aquí.
El simple hecho de que hubiera puesto el cuerpo para recibir un puñetazo por salvarlo lo decía todo.
—Andrés, no me eches, de verdad solo quería que dejaran de pelear —rogó ella, con el pánico apoderándose de su voz al ver que la estaba rechazando—. Tenía miedo de que, si no los detenía, se terminaran matando a golpes.
—¡Tienes que creerme, Andrés!
Andrés ni se inmutó. Por el contrario, se sentó en el sofá de la sala, cruzó las piernas y adoptó la postura de un mero espectador.
Era evidente que ya no le importaba lo que le pasara.
Al ver su indiferencia, el terror se apoderó de Valeria. Sin importarle el dolor, se dejó caer de rodillas y se arrastró hasta sus pies, aferrándose a la tela de su pantalón:

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