Andrés miró fijamente la serie de números en la pantalla de su WhatsApp. Se tomó un instante antes de clavar sus ojos en ella:
—¿No me juraste que no tenías nada que ver con todo esto? Entonces, ¿qué significa esto?
Si realmente era inocente, ¿por qué demonios tenía el número del asesino a sueldo?
¿Acaso era cierto que estaba detrás del accidente de Fiona?
¿Seguía sin poder superar a Samuel?
La sola idea hizo que su mirada se tornara glacial.
—Que no tenga nada que ver no significa que no pueda conseguir su contacto —respondió Valeria con rapidez. Hizo una pausa, notando que algunos oficiales los miraban de reojo—. Este no es un buen lugar para hablar. Vayamos a otro lado.
Con paso apresurado, salió de la comisaría y se dirigió a una cafetería cercana. Pidió tres cafés y se sentaron alrededor de una pequeña mesa.
Sentada frente a Andrés, Valeria finalmente habló:
—Fue Yolanda Arroyo quien orquestó el accidente de Fiona. Yo solo sugerí la idea. Si no me creen, investiguen o pregúntenle a ella.
—Los hombres de Samuel ya se la llevaron —la interrumpió Andrés, sin dejar de mirarla a los ojos—. No me digas que no lo sabías.
La noticia de la desaparición de Yolanda a manos de Samuel llevaba días circulando. A Andrés le habían llegado rumores.
Pero no les había dado importancia, pensando que el asunto no salpicaba a Valeria.
Sin embargo, ahora que ella misma admitía su participación intelectual, ya no podía hacerse el desentendido.
Si no actuaba rápido, Valeria caería irremediablemente.
Al escuchar la noticia, Valeria abrió los ojos, fingiendo sorpresa:
—Ah... con razón no he podido comunicarme con ella últimamente...
Así que Samuel se la había llevado.
Si Samuel ya lo sabía todo, su irrupción de esa mañana en la mansión no había sido una casualidad.
Esa advertencia la había lanzado precisamente porque había destapado la verdad.
Las circunstancias actuales jugaban totalmente en su contra.

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