Estar encerrada día tras día en esa habitación de cuidados intensivos la estaba volviendo loca. Si no miraba el techo blanco, miraba las luces parpadeantes de los monitores. Sentía que se iba a enfermar de pura desesperación.
Su único anhelo era que le dieran el alta médica.
—¿Quieres salir del hospital? —Samuel Flores detuvo la cuchara a mitad de camino—. Pero Fiona, aún no te recuperas. Mírate, ni siquiera has salido de terapia intensiva, ¿cómo crees que vas a irte a casa?
—Cuando tus heridas cicatricen un poco más, yo mismo firmaré los papeles del alta, ¿de acuerdo?
Él sabía lo frustrante que era para ella estar postrada en esa cama, pero esta vez sus heridas no eran superficiales. Habían sido muy graves, al punto de causarle cierto daño neurológico.
La imagen de ella sin poder articular una sola palabra seguía atormentándolo cada noche. No podía permitir que corriera ningún riesgo.
No estaba dispuesto a soportar la agonía de casi perderla por segunda vez.
El delicado rostro de Fiona Santana se contrajo con amargura.
—Pero el hospital es tan aburrido... Además, desde la explosión en la clínica no he sabido nada. No sé cómo quedó, quiero ir a verla...
Esa clínica era el fruto de su propio sudor y esfuerzo.
Que hubiera volado en mil pedazos le rompía el corazón a cualquiera.
—Si quieres ver cómo quedó la clínica, puedo mostrarte las fotos que me envió la policía.
Dicho esto, Samuel dejó el plato en la mesa de noche, sacó su celular del bolsillo interior del saco y abrió la galería para mostrarle las imágenes que le habían llegado.
—Mira.
Fiona tomó el celular. Lo que alguna vez fue un edificio de varios pisos, ahora no era más que una montaña de escombros. Las paredes estaban carbonizadas, negras como el carbón.
Era imposible reconocer el lugar.


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