Tras lanzar esa severa advertencia, el médico dio media vuelta y se marchó.
Samuel quedó paralizado del miedo. Jamás debió haberle dicho la verdad. Al principio planeaba ocultárselo, pero al ver la súplica en los ojos de Fiona, se sintió incapaz de mentirle...
Y por culpa de ese momento de debilidad, casi le cuesta la vida.
Consumido por el arrepentimiento, Samuel levantó la mano y se dio una bofetada con todas sus fuerzas.
¡Plaf!
El sonido seco resonó en el silencioso pasillo de cuidados intensivos. Por fortuna, el corredor estaba vacío y nadie lo vio castigarse de esa manera.
En cuestión de segundos, la marca rojiza de los dedos quedó impresa en su rostro impecable, destacando dolorosamente en su piel.
Cuando Fiona finalmente recuperó el conocimiento y lo vio, se asustó al notar la inflamación.
—Samu... ¿qué le pasó a tu cara? ¿Quién te golpeó?
Con el poder e influencia de Samuel, nadie se atrevería a ponerle un dedo encima. ¿Acaso había sido Andrés Luján?
¿Se había agarrado a golpes con Andrés otra vez?
—Nadie me golpeó. Me lo hice yo mismo.
Samuel sentía que solo infligiéndose dolor físico podía calmar un poco la asfixiante culpa que lo carcomía por dentro.
Fiona levantó la mano temblorosa, casi sin atreverse a tocarlo.
—¿Te duele?
Él bajó la mirada hacia la mano de ella, la tomó con delicadeza y la presionó contra su propia mejilla, mirándola con profunda devoción.
—No duele.
Aunque la cara le ardía y la sentía adormecida, jamás admitiría el dolor frente a ella.
—¿De verdad no te duele? —Fiona no le creyó en lo absoluto.
Tenía la mejilla inflamada y la marca de la bofetada era demasiado evidente. Era imposible que no sintiera nada.
Sabía perfectamente que lo decía solo para tranquilizarla.

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