Al menos recuperar su salud era algo seguro y provechoso para ella.
Fiona sentía que algo no cuadraba. Tenía muchas preguntas al borde de la lengua, pero presentía que, aunque las hiciera, Samuel no le daría la respuesta real.
¿Qué le había pasado exactamente a Yolanda durante el tiempo que ella estuvo hospitalizada para que le tuviera tanto pánico a Samuel?
Fiona escuchaba los latidos acelerados del pecho de Samuel, con la mente llena de pensamientos revueltos.
Como Lucas debía llevar a Yolanda de regreso a la villa aislada y un solo hombre no era suficiente para controlarla, Samuel ordenó a José —quien usualmente se encargaba de conducir para Fiona— que fuera a la villa para ayudar.
Samuel bajó al garaje subterráneo para sacar el auto, por lo que Fiona se quedó esperándolo sola junto a la entrada.
Sin embargo, no se percató de que, a sus espaldas, dos hombres vestidos de negro aprovecharon el momento exacto, salieron de entre los arbustos cercanos, la inmovilizaron por la espalda y le amarraron las manos de un tirón.
—¡Samu! Mmm... —Apenas logró pronunciar su nombre en un grito instintivo de auxilio, cuando le embutieron un trozo de tela en la boca.
En cuestión de segundos, un Mercedes Clase G negro frenó de golpe frente a las puertas de Costa de la Rivera. Los hombres la empujaron sin miramientos dentro del vehículo.
Para cuando Samuel salió con el auto del garaje, solo pudo ver el humo del escape del Mercedes desapareciendo en la distancia. De Fiona no quedaba ni el rastro.
Samuel bajó del coche y la buscó frenéticamente por los alrededores.
—¡Fiona! ¡Fiona! ¿Dónde estás?
Pero por más que buscó, fue inútil.
Regresó corriendo al centro de control y revisó las cámaras de seguridad, retrocediendo la grabación media hora.
En la pantalla vio claramente cómo Fiona estaba esperándolo y cómo, de la nada, dos hombres enmascarados saltaron, la ataron, la amordazaron y la cargaron a la fuerza dentro de aquel Mercedes negro.
Mientras tanto, dentro del Mercedes Clase G negro.
Fiona forcejeaba desesperadamente, emitiendo gruñidos ahogados por la mordaza, pero era en vano. Los dos matones en los asientos delanteros la ignoraron por completo, dejándola retorcerse durante todo el trayecto.
Hasta que el enorme Mercedes se detuvo con suavidad frente a un exclusivo complejo de casas adosadas en el centro de Santa Matilde.
Los enmascarados bajaron a Fiona como si fuera un saco y la metieron en la sala de la casa. Uno de ellos habló con extrema reverencia:
—Señor Luján, ya le trajimos a la persona que pidió. ¿Dónde la dejamos?
—En la primera habitación a la izquierda de la escalera.
Al escuchar esa voz, Fiona supo de inmediato que se trataba de Andrés Luján. Quiso maldecirlo, pero antes de que pudiera, los hombres la subieron cargando y la arrojaron sin piedad sobre la cama de la habitación.

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