Jamás había visto esa faceta tan despiadada de él.
Solo cuando vio a Yolanda reducida a una piltrafa humana, comprendió lo implacable y frío que podía llegar a ser.
“Yo no la vi, pero por lo que me cuentas, creo que se lo tiene bien merecido”. Ofelia hizo una pausa y luego preguntó: “¿Acaso crees que bastaba con mandarla a la cárcel?”.
Después de todo el daño que le había hecho, dejar que simplemente cumpliera condena en prisión parecía demasiado benévolo.
Pero el único camino legal era, efectivamente, la cárcel.
Y nada más.
“Esteban ya fue sentenciado, Paula Serrano recibió tres años, Luciano Arroyo está muerto, Bianca también está tras las rejas. Todos los que te atacaron ya cayeron, ¿y también quieres enviar a Yolanda a la cárcel?”.
Fiona guardó silencio de inmediato.
Tenía razón. Tanta gente ya había terminado encerrada por su culpa. Si Yolanda también se iba simplemente a prisión, ¿no era un castigo muy leve?
Además, si cada persona que le hacía daño terminara en la cárcel, ¿habría espacio suficiente?
Pero la escena era tan horripilante que por más que quería olvidarla, no podía.
“¿Fiona?”. Ofelia agitó una mano frente a su rostro al verla tan callada. “¿Estás enojada porque crees que defiendo a Samuel y ya no quieres hablarme?”.
“Es solo mi opinión. Tú puedes pensar lo que quieras”.
Tener diferentes puntos de vista era normal.
Fiona negó con la cabeza. “No es que no quiera hablarte, es que no puedo sacar esa imagen de mi cabeza”.
“¿Entonces ya perdonaste a Samuel?”. Ofelia recordó que él seguía afuera. “¿Quieres que lo llame para que hablen?”.
Fiona asintió suavemente.

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