—Por su trabajo no te preocupes. Fiona me pidió personalmente que le mantenga su puesto. Yo me encargaré de seguir pagándole su sueldo hasta que se recupere por completo.
Ese era el límite de lo que Samuel podía hacer en esa situación.
—Aparte de esto, si necesitan alguna otra cosa, pueden pedírmela directamente.
La salud de Fiona seguía siendo delicada y no podía someterse a tanto estrés, por lo que Samuel estaba dispuesto a cargar con todos sus problemas para aliviarla.
Ofelia se secó las lágrimas que amenazaban con caer.
—No, ya han hecho más que suficiente por nosotros. Lo único que nos queda ahora es esperar a que las heridas de Thiago sanen.
Pero unas quemaduras de esa magnitud no mejorarían en un par de días; tomaría muchísimo tiempo de tratamiento.
Mientras en el hospital reinaba la desolación, en el hogar de las Arroyo se respiraba una tensión asfixiante.
Especialmente Inés, quien empezó a sospechar que algo andaba muy mal cuando fue incapaz de comunicarse con Valeria. ¿Acaso Valeria también había desaparecido?
La llamó desesperadamente, pero su celular siempre mandaba a buzón. Consciente de que algo no cuadraba, marcó directamente a su tía Gisela Martínez.
—Tía, el celular de Valeria no da línea. ¿Crees que le haya pasado algo?
—Tranquila. Es amiga de la infancia de Samuel. Mientras Samuel esté ahí, no le pasará nada malo —aseguró Gisela con total confianza—. Además, ¿no tiene también el respaldo de Andrés Luján? Con dos hombres así cuidándola, ¿qué podría pasarle?
Samuel y Valeria habían estado comprometidos en el pasado. Si no fuera por la aparición repentina de Fiona, probablemente ya se habrían casado.
A pesar de que Samuel ahora era un hombre casado, los profundos lazos que lo unían a Valeria garantizaban que no le ocurriría nada malo.
Pero en el fondo, Inés sentía un nudo en el estómago, una inquietud que no la dejaba en paz.

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