Si él no hubiera intervenido para protegerla, Inés ya habría corrido con la misma suerte que Yolanda, torturada por Samuel hasta desear la muerte.
Él le había repetido hasta el cansancio que Inés no era la culpable, pero Samuel se negaba a creerle. ¡Y para colmo, se atrevió a denunciarla para que la arrestaran!
Hugo jamás imaginó que Samuel jugaría tan sucio.
—Inés no tiene absolutamente nada que ver con este caso. Se lo dejé muy claro, señor Flores. ¿Por qué tuvo que llamar a la policía para que se la llevaran?
—Porque tiene lazos muy estrechos con la verdadera mente maestra, y eso es motivo suficiente para que la investiguen. —Para Samuel, Inés estaba lejos de ser una víctima inocente—. Además, como ciudadana, es su deber cooperar con las autoridades.
—¿Acaso cree que, por ser la hija del comisario, tiene derecho a evadir la ley y sus responsabilidades ciudadanas? Si actúa así, señor comisario, está siendo injusto con el resto de la población.
Aunque el mundo de por sí era injusto, los encargados de aplicar la ley debían ser los primeros en defenderla. Si todos los policías actuaban como él, ¿quién confiaría en el sistema?
Hugo palideció de ira; su voz delataba su exasperación.
—¡Tuve que intervenir porque usted no respetó nuestra palabra! Le dije que yo mismo le traería una respuesta. ¿Por qué no pudo esperar un poco más?
Tuvo que llevar el asunto a extremos, involucrando a la policía. ¿Acaso Samuel no entendía en la posición tan delicada en la que lo estaba poniendo?
—Señor comisario, llevo esperando su respuesta demasiado tiempo y sigo con las manos vacías. —Esa fue la razón principal por la que Samuel usó a Inés como cebo—. No me dejó otra alternativa. Fue usted quien intentó ocultar la verdad desde el principio.
Si Hugo no hubiera intentado darle largas, Samuel no habría tenido que recurrir a medidas tan extremas.

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