¿Quién iba a pensar que unos simples favores terminarían llevándola a la comisaría como sospechosa?
Nunca imaginó que Samuel llegaría al extremo de denunciarla, obligándola a tener que probar su propia inocencia. Esa jugada había sido brutal y calculada.
—¡Inés, por Dios! —Al escuchar su confesión, Hugo sintió ganas de gritarle, pero la rabia le ahogó las palabras en la garganta. Finalmente, solo atinó a decir—: ¿Cómo pudiste ser tan ingenua? ¿En qué cabeza cabe ayudar a Valeria? ¿Acaso no sabes qué clase de víbora es esa mujer?
Lo mínimo que debía hacer era mantenerse alejada de ella. ¡Pero no, tuvo que involucrarse en los planes retorcidos de su tía Gisela! Podría haberse mantenido al margen de todo, pero terminó arrastrada al lodo por culpa de Valeria.
Samuel los observó en silencio, disfrutando del melodrama.
—Suficiente, señor comisario. Ahórrese la escena de padre consternado. Solo vine por un motivo.
—¿Qué es lo que quiere? Hable —respondió Hugo, agotado.
—¿Están dispuestos a entregar a la verdadera culpable a la justicia o no? —preguntó Samuel, perdiendo la paciencia—. Si se niegan, les aseguro que ambos se hundirán con ella. Nadie saldrá ileso de esto.
Con esas palabras, les estaba dando una última oportunidad para recapacitar. Si daban un paso atrás ahora, aún había tiempo para mantener un trato cordial, como en los viejos tiempos. Pero si se empeñaban en proteger a la culpable, no tendrían escapatoria.
Hugo sabía que esta vez no había salida. Pensando en el bienestar de Inés y en el suyo propio, tomó una decisión.
—Lo haré. Quédese tranquilo. En tres días, a más tardar, pondré a la verdadera culpable frente a usted para que enfrente la justicia.
Al obtener la respuesta que buscaba, Samuel dio media vuelta y abandonó la residencia de la familia Arroyo.
Apenas se fue, Inés entró en pánico.

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