Al salir, Israel sintió que, por muchas palabras que tuviera atoradas en la garganta, todas se reducían a un profundo suspiro.
Al ver que salía tan rápido, Fiona, que aguardaba sentada junto a la puerta, preguntó:
—¿A ti también te echó?
—Sí. Samu está muy inestable emocionalmente —admitió Israel, comprendiendo finalmente la decisión de Fiona—. Tienes razón en mantenerlo al margen por ahora.
Pero, aun así, seguía pensando que comprar la paz con mentiras era un error.
Eran semillas que germinarían en el futuro; una bomba de tiempo que hoy parecía inofensiva, pero que terminaría por explotar.
Fiona pensó que Israel por fin la entendía.
—No me queda otra opción. Su estado es crítico, no soportaría otra mala noticia.
Si Andrés aparecía, Samuel enloquecería.
Por eso, estaba dispuesta a convertirse en su escudo, frenando cualquier golpe que el mundo intentara darle y alejando a Andrés a toda costa.
—Investigaré a fondo este supuesto accidente —prometió Israel, convencido de que había gato encerrado—. No te preocupes por eso, Fiona. Yo me encargaré de darle a Samu las respuestas que merece.
Fiona asintió, genuinamente conmovida.
—Gracias, Israel. Te lo agradezco de corazón.
—No hay de qué.
Tras despedirse, Israel se marchó.
Durante los días siguientes, Fiona no se movió del hospital, cuidando de Samuel día y noche. Andrés Luján brilló por su ausencia, lo cual le trajo un gran alivio.
En sus breves ratos libres, Fiona aprovechó para ir al Estudio Cultural a acomodar en las vitrinas unas nuevas piezas que había diseñado recientemente.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me Robaron Tres Años, les Cobraré una Vida Entera