—¿Qué cantidad considera justa entonces, señorita Santana? —El Gerente Zepeda se sintió acorralado e intentó mantener la compostura—. Dígame una cifra para ver si nuestra empresa puede asumirla.
Fiona no titubeó un segundo.
—Agréguenle un cero. Cinco millones.
Esa era la única suma que estaría a la altura del daño.
De hecho, solo calculando el tiempo de trabajo que Samuel perdería, la cifra superaba por mucho los miserables quinientos mil, y eso sin siquiera contar los gastos de la cirugía y rehabilitación.
¿Cinco millones?
La cifra hizo palidecer tanto al Gerente Zepeda como al abogado de Andrés.
—Señorita Santana, ¿no le parece que cinco millones es una cantidad desorbitada? —tartamudeó el abogado.
Entendía que el tiempo y la vida de un hombre como Samuel eran valiosos, pero exigir cinco millones de golpe era una locura.
No le daba margen al Gerente Zepeda ni para negociar.
Era una situación sumamente incómoda.
—¿Desorbitada? —Fiona lo fulminó con la mirada—. Samu está postrado en una cama de hospital, ciego por culpa de la negligencia de sus trabajadores. Que solo les esté pidiendo dinero ya es un acto de piedad.
Si Samuel estuviera al mando con su carácter habitual, cinco millones serían una propina. Se aseguraría de despedazar la empresa de construcción y desmantelarla pedazo a pedazo.
Mientras la tensión se cortaba con un cuchillo, Andrés dio un paso al frente y se puso del lado de Fiona.
—Ya está dicho, cinco millones. Gerente Zepeda, la señorita Santana está siendo muy generosa al limitarse solo a pedir dinero.

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