—¿No quieres que vaya tu madre? ¿Prefieres que vaya Bianca? —preguntó Esteban, bajando la voz para hablar con el niño.
Pedro hizo un puchero y respondió:
—Si va mamá, solo me hará pasar vergüenza. Pero Bianca es diferente. Es una estrella de cine, ¡una actriz premiada! Si ella viene, todos mis compañeros me envidiarán…
Esteban miró al niño, pero no dijo nada más.
Aunque una puerta los separaba, Fiona escuchó toda la conversación. Mientras ordenaba su ropa, vio su propio rostro en el espejo, con una sonrisa de pura ironía.
Sus intenciones eran transparentes. Los pensamientos del hijo eran un reflejo de los del padre.
Recordar el pasado le provocaba una risa amarga.
Que un niño tan pequeño tuviera ideas tan retorcidas… y que Esteban, en lugar de corregirlo, lo dejara a su aire. Solo podía haber una razón: él pensaba exactamente lo mismo.
Fiona se arregló y subió a ver cómo estaba el abuelo Flores. Tras confirmar que se encontraba bien, recogió su equipo médico y bajó las escaleras.
No vio a Samuel por ninguna parte, ni su carro en el patio. Debía de haberse ido hacía tiempo. Esteban y Pedro también se habían marchado.
—Señorita Santana.
Una voz familiar la hizo levantar la vista. Era Abraham, de pie junto a la puerta.
Verlo allí la sorprendió.
—¿Abraham? ¿Qué haces aquí?


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