—Hemos cenado juntos, por eso el señor Flores nos ha traído de vuelta —respondió Fiona, levantando la vista y mirando al hombre con indiferencia.
Esteban frunció el ceño.
—¿Han cenado juntos?
—¿Qué tiene de extraño? —replicó Fiona con frialdad—. El señor Flores es el padrino de Silvia, y como ahora vive conmigo, es normal que venga a verla de vez en cuando.
—Fiona, ni siquiera te dignas a visitar a tu propio hijo, ¿y te dedicas a cuidar de los hijos de otros? ¿No te das cuenta de lo absurdo que es tu comportamiento?
Fiona esbozó una sonrisa burlona.
—¡Tú y Bianca sois tal para cual, hasta decís las mismas cosas!
—¿Acaso no es la verdad?
Sin ganas de seguir discutiendo, Fiona dijo con indiferencia:
—Si no tienes nada que hacer, no vengas a molestarme. No tengo nada que hablar contigo.
—A partir de ahora, mantente alejada de mi tío. Y devuélvele a la niña, no quiero que la sigas cuidando. —La voz de Esteban era gélida mientras su mirada se posaba en Silvia.
Justo en ese momento, la niña levantó la vista y se encontró con sus ojos. Instintivamente, bajó la cabeza y se pegó a Fiona, apretando su mano con más fuerza.
Fiona, al sentir el nerviosismo de la niña, la protegió a sus espaldas y alzó la voz.


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