—Si podemos seguir, seguimos. Si no, nos divorciamos. ¿Crees que me casé contigo por amor? Me casé contigo porque eres la cuñada de Jimena. Lo hice para poder verla más seguido.
—¿De verdad quieres el divorcio? Perfecto, mañana mismo vamos al registro civil a firmar los papeles. ¡ El que se raje es una gallina!
—Todo el patrimonio es mío, de antes de casarnos. Te irás con las manos vacías, no te daré ni un centavo. Durante todos estos años has comido y vivido de mí, usando mis cosas. Te daba trescientos mil pesos de mensualidad al mes solo para que fueras la señora Silva de nombre.
—Te di la mejor vida material, ¿qué más querías? Empujaste a Jimena, provocando que se cayera, resultara herida y perdiera a su bebé. Ni siquiera te he hecho pagar por eso. Isabela Méndez, más te vale que te cuides a partir de ahora.
—Fuimos marido y mujer por tres años… y yo te utilicé. Viendo que morirías sin un lugar donde caer muerta, en nombre de nuestro tiempo como esposos, te ayudaré con tu funeral. La vida es demasiado cruel. En la próxima, no regreses… Isabela, lo siento.
***
¡Un estruendo!
Un trueno en plena noche despertó a Isabela, que no dejaba de tener pesadillas.
Se sentó de golpe en la cama y encendió la luz rápidamente. Vio que, efectivamente, estaba en la cama de su habitación.
Todo en el cuarto le resultaba familiar.
Era una de las habitaciones de huéspedes en la mansión de Elías Silva; había vivido ahí desde que se casaron.
Llevaba tres años casada con Elías, pero siempre habían dormido en cuartos separados, viviendo un matrimonio que solo existía en papel.
Elías era el líder de la familia Silva, la más poderosa de Nuevo Horizonte, con un patrimonio multimillonario.
Era joven, apuesto y rico. A los veintiocho años, tomó las riendas del enorme Grupo Silva, convirtiéndose en su presidente y en el más joven de todo Nuevo Horizonte.
En teoría, al casarse con un hombre tan excepcional, Isabela debería haber sido muy feliz.
Lamentablemente, no lo era.

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