Isabela no contestó.
La vida amorosa de Sofía no era asunto suyo.
Ni qué decir ahora que estaba divorciada; incluso si todavía fuera la señora Silva, no tendría poder para opinar sobre el matrimonio de Sofía.
—Si de verdad te gusta Álvaro, hablaré con Eli para que se olvide de ti... Es que, Eli me da lástima. Se ha enamorado de dos mujeres y al final con ninguna pudo ser feliz.
—Señora Fátima —dijo Isabela—, él no me ama. A quien siempre ha amado es a Jimena.
—Lo único que siente por mí es culpa.
La señora Fátima la miró de reojo.
—Isa, tengo mis años y sé de estas cosas. Es obvio que Eli se enamoró de ti. A Jimena ya la sacó de su corazón.
—Él mismo me dijo que, al final, superar lo de Jimena no había sido tan difícil.
—Aunque Álvaro es un buen muchacho, todavía espero que puedas darle otra oportunidad a Eli. Después de todo, estuvieron casados.
—Sé que Eli se equivocó en el pasado. No supo valorarte, te utilizó y te lastimó, pero ya se dio cuenta de su error y está intentando cambiar. A mí me encantabas como nieta, Isa. ¿No podrías darle una oportunidad más?
Mientras caminaban, Isabela respondió:
—Abuela, en el mejor de los casos, Elías y yo solo podemos ser amigos. Ya no hay manera de que volvamos a ser esposos.
—¿De verdad lo odias tanto?
Isabela se quedó en silencio un momento antes de responder:
—Ya no lo odio. No quiero odiarlo más, es demasiado cansado.
—Lo dices porque ya no lo amas. Cuando ya no hay amor, no hay odio —suspiró la señora Fátima.

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